Mentes criminales, pasteles y malteadas

Mentes criminales, pasteles y malteadas

Por: Eduardo Rodríguez

Ahora que ha sido capturado Ovidio Guzmán, ha surgido la información, por parte de sus abogados, de que el hijo de “El Chapo” ha sido operado del estómago apenas a sus 32 años de edad, y está medicado por trastornos psiquiátricos de ansiedad y depresión, lo que no parece ir acorde con un capo del narcotráfico, por más que éste sea segunda generación y se trate de un junior, que debió de crecer en medio de grandes comodidades y lujos.

También ha surgido la información de que Ovidio Guzmán, después del primer “culiacanazo”, en 2019, se radicó por cerca de medio año en la Ciudad de México, donde no permaneció escondido, sino que salía de compras a ciertos centros comerciales, era cliente de tiendas exclusivas y todos los días jueves acudía a un establecimiento para disfrutar de pasteles y malteadas, lo que parece ser uno de sus gustos preferidos.

También ha trascendido que, pasado un cierto tiempo, no más de un año, se dejaba ver en las avenidas de Culiacán, Sinaloa, paseando en automóviles de lujo, con la música a todo volumen y cantando sus temas musicales preferidos.

Al mismo tiempo, “El Ratón” Ovidio se encargaba de operaciones de narcotráfico, que incluían el trasiego de toneladas de la droga fentanilo a los EEUU. Un devastador estupefaciente que está considerado como la peste del mundo de las adicciones y que ha dejado más de 100 mil muertes por sobredosis en la unión americana, convirtiéndose en todo un problema de salud nacional.

Este perfil que hoy conocemos de Ovidio Guzmán es, por un lado, desconcertante, pero por otro resulta un tanto explicable.

A diferencia del padre, que es hijo de campesinos y creció en la pobreza del medio rural e hizo una muy larga carrera en el mundo criminal antes de convertirse en un capo de importancia, sus hijos, especialmente los más jóvenes, como es el caso de Ovidio, son algo así como narco-juniors, que crecieron en medios urbanos, fueron a escuelas caras, crecieron en casas con todas las comodidades, visten ropa muy cara de marca, tienen automóviles de lujo y viven, desde muy chicos, una vida de antros, viajes y extravagancias.

Aunque aprendieron el oficio y fueron inducidos por su padre, no parecen tener el carácter, la resistencia, el estómago y los nervios para transitar en el mundo del crimen, por lo menos no como capos o jefes.

Este Ovidio, por lo que se conoce hasta ahora, debe terminar extraditado a los EEUU o pasar gran parte de su vida en una cárcel mexicana de alta seguridad, algo para lo cual nadie está preparado pero, en su caso, el encarcelamiento puede volverse mucho más crudo, si tomamos en cuenta que inclusive para el padre era insoportable.

Aquí sí se cumpliría la vieja máxima de que el crimen no paga. Después de los dos “culiacanazos” es imposible que el estado le trate de aligerar una sentencia, que deberá ser muy severa y será un mensaje para toda la nueva generación de las familias del narcotráfico.

Si algo genera el encierro carcelario es precisamente ansiedad y depresión; ansiedad por la inevitable referencia obsesiva a un pasado que no puede retornarar, y depresión por la cancelación de cualquier futuro posible, encerrado en una celda diminuta la mayor parte del día.

Ordinariamente la ansiedad y la depresión, bajo ciertas circunstancias adversas, como es el caso, desencadenan otro tipo de padecimientos psiquiátricos y fisiológicos, como lo demuestra el hecho de que ya está operado del estómago apenas a los 32 años.

Contrario a enfrentarse con Ismael “El Mayo” Zambada, los hijos de “El Chapo” Guzmán debieron considerarle como un referente y pedirle el consejo. “El Mayo” es algo así como el decano del narcotráfico en México; el único sobreviviente de la vieja guardia, quien, a sus 75 años de edad, se mantiene como el jefe indiscutido de la otra facción del Cártel de Sinaloa.

Nunca ha pisado una cárcel, por lo menos no en calidad de reo y, que se sepa, sólo una vez se permitió un extraño desplante, cuando le concedió una entrevista exclusiva, que no fue tal, al ya muy viejo fundador de la revista Proceso, Julio Scherer, apareciendo en su portada, lo que debe ser considerado como un engaño, ya que una de sus máximas es precisamente mantener un bajo perfil y jamás dejarse ver en medio de comunicación alguno o eventos sociales de acceso público.

A capos del nivel de Miguel Ángel Félix Gallardo, “el jefe de jefes”, el encarcelamiento lo ha destruido física y psicológicamente. Ahí esta hoy, a sus 77 años, pidiendo clemencia para poder seguir su condena de 40 años en arraigo domiciliario, para, al menos, morir en paz, aquejado como está por un puño de graves padecimientos.

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