El origen del predial: el impuesto a puertas y ventanas

El origen del predial: el impuesto a puertas y ventanas

Por: La Redacción

La historia de lo que hoy llamamos impuestos ha estado plagada, desde sus remotísimos orígenes, de decisiones que van del abierto abuso del poder e imposición de tributaciones crueles, hasta asuntos chuscos, rocambolescos, que hoy podrían mover a la hilaridad si no fuera porque así fue la manera en que surgieron impuestos como el del predial, que se ha convertido hoy en el impuesto más importante que recaudan los gobiernos municipales.

A continuación, presentamos un extracto del trabajo de investigación de Héctor Strabel del Moral, académico del Colegio de México, denominado “Los impuestos a puertas y ventanas, perros, caballos y carros de Santa-Anna 1853-1855”, publicado en 2020.

Este estudio muestra como un dictador a quien puede considerar como el peor gobernante de la historia del México independiente, apodado “el seductor de la patria” porque fue presidente cuantas veces le dio la gana e hizo también cuanto quiso con el poder. Él impuso un muy singular impuesto que resurgiría décadas después.

Necesitado de armar un ejército para irse a la guerra, el veracruzano Antonio López de Santa-Anna tuvo a bien la ocurrencia de implementar un impuesto a las puertas, las ventanas, los caballos y los carros que poseyera cada familia de mexicanos, lo que, aunque nos parezca humorístico, es el origen del impuesto predial que hoy pagamos por tener una casa o un predio de cualquier naturaleza.

¿Pero porqué puertas y ventanas? Si uno observa hoy en día el centro histórico de nuestras ciudades coloniales, puede atestiguar que las viviendas más humildes tienen una sola puerta y una sola ventana, y algunas ni ventana tienen, pero luego hay casas de gente menos pobre que son de una puerta y dos ventanas, que ya era algo más decoroso, seguidas de casas de una puerta y cuatro ventanas, que ya eran viviendas de clase media. Pero había casas de ocho ventanas o más, que eran de familias “acomodadas” o “pudientes”.

En Coahuila esto se puede observar muy bien en ciudades como Saltillo y Parras de la Fuente, que datan del periodo de la colonia y tienen más de 400 años de haber sido fundadas.

El asunto para el que Santa-Anna quería dinero era muy cuestionable, pero fijar el nuevo impuesto partiendo de las puertas y ventanas tiene sentido si se parte de la arquitectura de la época (mediados del siglo XIX), cuando las construcciones coloniales en México estaban prácticamente intactas.

El impuesto fracasó, primero porque la gente no estaba habituada a pagar ese tipo de cobros y, segundo, porque nadie o muy pocos creían en el gobierno de Santa-Anna y éste al poco tiempo cayó. Además, los gobiernos de las ciudades no tenían los medios, ni técnicos ni administrativos, para hacer efectivo semejante impuesto.

Hoy, siempre a regañadientes, todo propietario de una finca o de un predio paga su impuesto predial, fijado con criterios técnicos distintos porque los estilos de construcción han cambiado muchísimo, pero básicamente de fondo es lo mismo.

Veamos pues lo que refiere en su estudio Héctor Strabel del Moral.

UNA COPIA DE LOS FRANCESES

El 20 de abril de 1853, cuando Santa Anna tomó posesión de la presidencia, las finanzas de México no podían ser peores. Los gastos eran elevadísimos y en su discurso inaugural admitió la “bancarrota completa de la Hacienda pública”. La Hacienda mexicana había sufrido severos reveces desde la independencia.

Para solucionar el problema, el gabinete de la dictadura intentó adoptar la racionalidad fiscal del gobierno francés posrevolucionario. Hasta entonces, los impuestos indirectos, en particular de las aduanas, habían sido el sostén del gobierno mexicano. Los hacendistas de Santa Anna consideraron riesgoso que las bases fiscales del país descansaran en cimientos tan endebles, razón por la cual reformaron casi todos los ramos de la Hacienda para asentarla en contribuciones directas, como en Francia.

Algunos impuestos directos se restablecieron y otros se incrementaron, pero también surgieron nuevos. Gracias a ello, de 1853 a 1855 los ingresos del gobierno aumentaron, pese a que se cargó bastante al contribuyente. El 14 de mayo de 1853 se decretó la centralización de rentas, de forma que los ingresos de los departamentos, como fueron llamados los estados de 1853 a 1855, pasaron a formar parte del erario nacional.

En ese tenor, el 9 de enero de 1854, Santa Anna decretó la contribución a puertas y ventanas. La supresión del Congreso y la centralización de poderes en el ejecutivo posibilitó que pudiera estipular cualquier impuesto sin debate ni oposición. Fue Ignacio Sierra y Rosso, ministro de Hacienda y consejero de Estado, quien sugirió su adopción. Era xalapeño, al igual que Santa Anna, y había participado con él en 1847 como ministro de Relaciones Exteriores.

El impuesto fue denominado “contribución de luces exteriores”, pues lo que decía cobrar era el derecho a la luz solar y de farol que ingresaba a las casas. Fue publicado en periódicos, pegado en las calles y difundido en los departamentos. Según el decreto del 9 de enero, su propósito era gravar la cantidad de puertas de cada casa, incluyendo zaguanes o cocheras, y ventanas o balcones.

La tarifa era progresiva y variaba según el sitio de la casa. Una vivienda de la Ciudad de México, por ejemplo, pagaba más que cualquier otra del país, y si daba frente a la plaza mayor, pagaba más que las de los suburbios. Según se estipuló, se planeaba que la recaudación fuera mensual y se hiciera sin aumento de empleados ni gastos. Fueron eximidas del pago las casas solariegas “de gentes pobres”, las que se hallaran deshabitadas, las del Estado, iglesias, conventos, hospitales, hospicios, escuelas gratuitas y palacios de gobierno, episcopales y municipales.

Aunque Sierra y Rosso decretó el impuesto, no pasó un mes antes de que abandonara el ministerio, por lo que su gestión correspondió a sus sucesores, Luis Parres y Manuel Olasagarre. El objetivo del impuesto fue financiar los gastos del Ministerio de Guerra y engrosar las guarniciones departamentales. El gobierno de Santa Anna buscó respaldarse en las fuerzas armadas. De 1854 a 1855, 94% de los egresos fueron dirigidos a ese rubro.

Aunque para la Ciudad de México no se tienen datos detallados, algunas fuentes arrojan indicios de la recaudación y de la conducta de sus contribuyentes. Santa Anna consignó el impuesto a puertas y ventanas al Ayuntamiento de la capital el 6 de julio de 1854. La excusa para cederlo fue que se hizo en remplazo del extinto fondo municipal de pasaportes.

Cuando el Ayuntamiento asumió la recaudación, algunos vecinos se dirigieron a pagar voluntariamente, pero el grueso de la población no. Para poder cobrar, el tesorero municipal, Pedro Solórzano, intentó conseguir un padrón. Como no deseaba gastar en uno, insistió que se le diera el que había formado el gobierno. Ignacio Piquero, funcionario de Hacienda y jefe de la 3ra dirección general de impuestos, se negó, alegando que estaba mal diseñado, elaborado “bajo conceptos absolutamente diversos”, sin haber sido “examinado en oficina”, e incluía casas eximidas. Insistió que el Ayuntamiento debía elaborar el suyo.

A pesar de ello, Olasagarre ordenó que lo entregara, lo cual acató Piquero a inicios de diciembre de 1854. Para entonces, había pasado medio año desde que al Ayuntamiento se le cedió el impuesto, pero no lo había podido cobrar. A sus arcas sólo habían llegado los pagos voluntarios. Solórzano apuntó que, de julio a septiembre de 1854, únicamente había sido pagado lo de 2’713 casas. El mismo funcionario mencionó que muchos habitantes alegaban ignorancia o decían estar exentos.

A inicios de 1855, Piquero calculó que la Ciudad de México contaba con 8’000 viviendas aproximadamente, aunque seguramente casi la mitad quedarían eximidas. Es decir que, para noviembre de 1854, sólo 34% de los propietarios de la ciudad habían pagado al menos lo de un mes.

Al iniciar el año de 1855 todo cambió. Con padrón en mano, el impuesto ya podía ser cobrado y era posible entregar una boleta a cada contribuyente. El único problema fue que el padrón, en efecto, estaba muy mal elaborado y se perdió mucho tiempo yendo a cobrar a casas eximidas. Para facilitar la recaudación, en enero de 1855 se decretó que en la Ciudad de México el impuesto debía pagarse trimestralmente y se reglamentaron penas por incumplimiento.

Con ello, se pusieron en práctica dos de las primeras sugerencias de Piquero. Gracias a ello la recaudación fue superior a la del año anterior, aunque continuó siendo difícil de cobrar. Resulta complicado saber la cantidad que se obtuvo en la capital, pues la información es escasa. En su declaración, Olasagarre apuntó que no se recaudó nada del impuesto en la Ciudad de México antes de julio de 1854 “porque antes de procederse a su cobro se cedió al ayuntamiento”.

Esto no es creíble, ya que antes de eso hubo contribuyentes que pagaron voluntariamente. Algunos cientos de pesos no figuran entonces en su informe. Gracias a los libros de ingresos del Ayuntamiento, se sabe que de enero a septiembre de 1855 la tesorería municipal dijo haber recaudado 20 mil pesos por el impuesto a puertas y ventanas, lo cual representó sólo 4.11% de sus ingresos. Los costos para recaudar esta cantidad, en contraste, fueron muy elevados.

En agosto de 1855, cuando Santa Anna abandonó la ciudad, los contribuyentes aprovecharon para dejar de pagar éste y todos sus demás impuestos. Sólo se recaudaron 287 pesos, y al mes siguiente, antes de que fuera abolido, 68 pesos. Hasta el último momento, mientras se debatía si seguiría vigente, se ordenó al público que siguiera pagándolo. Sin embargo, pocos hicieron caso y ante las noticias de su posible abolición casi todos dejaron de hacerlo.

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