El problema del INE: fincando el autoritarismo

El problema del INE: fincando el autoritarismo

Por: Álvaro González

Todo lo que ha sucedido en torno al INE tiene una lectura muy sencilla: tenemos en el poder a un hombre que no cree en la democracia y sí en fundar un nuevo régimen autoritario, que se prolongue después de él por un tiempo muy largo. Ésa, él supone, será su principal herencia si todo sale como él lo está tramando, lo que Lorenzo Córdova ha definido como irresponsable, perverso e ilegal.

Si se analizan los sucesos con detenimiento, lo mismo que el contenido de lo que se pretende como el llamado “Plan B”, habría que inclinarse más por la perversidad. La irresponsabilidad se explicaría por el desaseo con que se han hecho las cosas, que es grotesco, como que los diputados aprobaras el “plan” aprobado sin siquiera haber leído el documento, que se les mandó a través de la Secretaría de Gobernación.

Grotesco, porque los añadidos que le garantizaban “vida eterna” al PT y al PVEM supuestamente fueron obra de “algún duende”, lo que es querer verle a todos los demás la cara de tontos. Estos dos partidos son una verdadera aberración, pues no existen más que en el papel gracias a que Morena les pasa votos, lo que les permite tener decenas de diputados federales, senadores y, en su momento, hasta una gubernatura.

Si se les dejara solos en la próxima elección del 2024, desaparecerían como han desaparecido en Coahuila, pero son utilizados por Morena para dar una imagen de pluralidad y absurdamente a cambio de ello reciben enormes canonjías, aunque sean por completo dependientes.

Toda esta “reforma electoral” hecha a la mala no tiene ningún argumento válido que la sostenga: es un acto de autoritarismo impuesto por la presidencia y es posible porque desgraciadamente nuestra cultura política en México es todavía pobre y el grueso de la población piensa o siente que la democracia se da de forma gratuita, e inclusive que tenerla o no tenerla no parece tener mayor importancia.

Gracias a que tenemos el INE desde el año 2000 hay alternancia política y tres partidos diferentes han ganado la presidencia de la república, incluido por supuesto el triunfo del propio AMLO en el 2018, así que el INE es indispensable para seguir viviendo en democracia.

Luego de ganar la presidencia de la república, Morena ha obtenido 22 gubernaturas, congresos estatales, cientos de presidenciales municipales y la mayoría en el poder legislativo. ¿Qué más quiere? Pues lo quiere todo, por tiempo indefinido, a la buena o a la mala.

REFORMA SIN JUSTIFICACIÓN, NI NECESIDAD

El INE está considerado, a nivel internacional, como un modelo muy valioso. Algunos piensan que es demasiado exagerado en sus controles, pero venimos de un régimen no democrático, de elecciones fraudulentas y de una sociedad que todavía debe aprender mucho sobre la vida en democracia. Sencillamente ni había necesidad ni era el tiempo de una reforma electoral, pero el autoritarismo de AMLO la quiere, o la ha impuesto a la mala, aunque todavía habrá que esperar a lo que diga el poder judicial y ver el resultado final.

Ladino como es, AMLO hace el teatro de que el no fue el autor de las peores aberraciones de su iniciativa y, de ser necesario, la veta y la regresa de nuevo a las cámaras, pero la autoría es toda suya, redactada por varios de sus más impresentables y recalcitrantes lacayos, porque colaboradores no conoce, ni acepta.

Hay también rencor, pues está visto que es un hombre de rencores, y, aún ya en la presidencia y haciendo lo que le viene en gana, no perdona el haber perdido en la elección presidencial de 2006, a manos de Felipe Calderón, quien le ganó por un palmo muy pequeño de votos, pero le ganó. Jamás ha podido demostrar que hubo fraude. Perdió en buena medida por sus propios errores en el periodo de gobierno de la Ciudad de México.

No existe vocación alguna de apegarse a un estado de derecho, sino una revoltura ideológica contradictoria, de la cual sólo sale en claro que está demoliendo a todas las instituciones que se oponen a la instauración de un nuevo régimen autoritario. Ése es su empeño y para ello quiere asegurar la elección de 2024 y, como él mismo lo dice, dejarle el camino allanado a su sucesor.

Si un sátrapa como Donald Trump tambalea a la democracia más grande del mundo, parece mucho menos difícil demoler a un sistema democrático que tiene apenas cuatro gobiernos de estar operando decorosamente.

Recientemente hemos sido testigos en Coahuila del “estilo morenista” de hacer política, con la precampaña de Ricardo Mejía Berdeja, quien pisoteó hasta el hartazgo la ley electoral en su precampaña por la gubernatura, pero además recurrió a toda la mala leche y las mañas para tratar de lograrlo. Por fortuna las cosas no salieron como lo esperaba la dirigencia nacional de Morena y el propio AMLO, y tuvieron que regresarse, muy a su pesar, a la opción B, pero ése es su modo y su idea de hacer política.

Así que en el fondo de la “reforma electoral” la intención es muy simple: pasar por encima de la ley, ganar, como sea, las elecciones de 2024 e instalarse en el poder por décadas. Falta ver que se puedan enfrentar a esto la sociedad civil y la oposición, que pasa por tan mal momento, pero en política todo es tremendamente cambiante e inesperado.

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