¿Morena puede devorarse a sí mismo, como el PRD?

¿Morena puede devorarse a sí mismo, como el PRD?

Por: Marcela Valles

El canibalismo político ha sido la desgracia de la izquierda mexicana desde que esta existe. El asunto es si sucederá lo mismo con MORENA, que tiene unos cuantos años de haberse formado, más como un movimiento que como un partido estructurado, pero su carrera hacia el poder ha sido vertiginosa, tanto que no se ha dado siquiera tiempo para consolidarse, ni como movimiento ni como partido político.

Para poderse integrar, MORENA devoró al PRD, que nunca alcanzó el poder debido a una lucha permanente de facciones o tribus, una de las cuales era acaudillada por Andrés Manuel López Obrador. La camarilla o grupo político que rodea al hoy presidente de la república proviene toda del PRD; en su mayoría de los gobiernos sucesivos de este partido político en la Ciudad de México.

No se trata de una formación política estructurada con tiempo, que presente una plataforma ideológica y un proyecto para el país al mediano y largo plazo. Es, en sentido riguroso, un movimiento político que gira todo en torno a un solo hombre, quien logró llegar al poder en medio de una coyuntura, por la cual la derecha y el viejo partido emergido de la revolución del siglo pasado entraron en una severa crisis.

Esto propició que llegara al poder un líder que se supone es de izquierda, pero cuyo pensamiento y comportamiento se orienta más al populismo latinoamericano y al autoritarismo. Sin embargo, este líder está apoyado en un movimiento muy amorfo, donde se conjuntan los grupos y la clientela que le sustrajo al PRD, del cual fue dirigente nacional y jefe de gobierno de la Ciudad de México, a lo que se añade una gran masa de millones de mexicanos, quienes no tienen un pensamiento de izquierda, sino más bien fueron movidos por el hartazgo de la corrupción y la decadencia del viejo PRI y, penosamente, por la incapacidad del derechista Partido Acción Nacional para llevar a cabo un cambio en el sistema político, después de dos sexenios en el poder.

Morena tiene esa misma característica de ser una formación amorfa, donde se dan cita una gran cantidad de corrientes políticas de izquierda y pseudo izquierda, sumándose el arribo de viejos perredistas, panistas y priistas.

Una de las características del gobierno de López Obrador es ser contradictorio y de un pragmatismo que choca, cada vez más, con sus propios compromisos de campaña, los cuales rompe abiertamente.

Existen cosas inclusive extrañas, inexplicables, como el sumar a una de las figuras más turbias del viejo priismo, Manuel Bartlett, quien ha sido designado director general de la CFE, cuando fue el principal artífice del fraude electoral de 1988, en el cual le arrebataron la presidencia de la república a Cuauhtémoc Cárdenas, lo que dio origen a la formación del PRD para aglutinar a la izquierda y darle una formación partidista.

De ese movimiento surgió López Obrador, así que la designación de Manuel Bartlett es una traición a la izquierda mexicana, en concreto a Cuauhtémoc Cárdenas, quien siguió abriendo camino al convertirse en el primer jefe de gobierno de la Ciudad de México emergido de la izquierda, a partir de donde el propio López Obrador pudo ocupar el mismo cargo, lo que le permitió fincar sus candidaturas a la presidencia de la república.

Mientras tolera y apoya a priistas totalmente impresentables, ya en el poder López Obrador ha desplazado a personas como Porfirio Muñoz Ledo, uno de los pocos ideólogos serios del movimiento fundado en 1988 y una figura muy importante, quien hoy se ha vuelto un crítico del tabasqueño con sobrada razón y sobrados argumentos.

EL ESCENARIO PARA 2024

Se da como un hecho que AMLO designará a su sucesor para la elección de 2024, y que esta elección presidencial será un mero trámite para la continuidad de MORENA en el poder, pero es posible que en la carrera de sucesión se vuelva a manifestar, tal vez como nunca, el viejo canibalismo de la izquierda mexicana.

En lo que parece un error grave y un abuso de poder, López Obrador anticipó la sucesión hasta un año y medio, pero además está jugando un juego peligroso, al resucitar el viejo juego del “tapadismo” que practicó el PRI por casi 70 años, pero en una versión populista.

Inicialmente lanzó dos precandidatos, luego añadió un tercero y un cuarto se sumó por iniciativa propia. La condición fundamental es que cada uno de ellos le sea fiel, incondicional, y peleen entre sí, en una competencia entre perversa e ilegal, para ver quién gana el favor de ser “destapado” como candidato, a finales de 2023 o antes.

Este juego se ha comenzado a salir de control, cuando Ricardo Monreal, el líder del Senado de la República, no acepta lo de la fidelidad incondicional y asume una postura más independiente, lo que le ha ganado el “fuego amigo” de los otros precandidatos y del propio López Obrador.

Es muy probable que se dé así la primera ruptura al interior de MORENA, pero las cosas se pueden poner realmente difíciles cuando de los otros tres haya que escoger sólo uno, pero los otros dos ya estuvieron en campaña por año y medio y, cada uno, controla a un sector del morenismo.

¿Se plegarán a la voluntad de un López Obrador a quien le restará en el poder tan solo un año, antes de, en teoría, retirarse a su rancho de Tabasco?

Es innegable que López Obrador sostiene, como caudillo único, a todo el movimiento y estará en campaña junto con su candidato, pero ésa es, al mismo tiempo, la gran fortaleza y la gran debilidad: todo está centrado en un hombre que predica todos los días desde la tribuna presidencial, no en una estructura partidista.

Gran parte de las lealtades están fincadas en el hecho de que AMLO tiene el poder, si ese poder entra en su periodo de declinación y viene un nuevo gobierno en el que él se convertirá en un “líder moral”, las lealtades se terminan y el juego es estar en el nuevo gobierno que, en los deseos de López Obrador, debe tener una continuidad del suyo, no por un periodo sino por varios, pero puede tomar un rumbo muy distinto, de ahí que buscará en el “tapado” a una figura que le sea totalmente afín, pero en política eso es imposible, como lo ha demostrado la historia política del país en el siglo pasado y en éste.

UN DESORDEN DE ESTRUCTURA

El 31 de julio de este año MORENA llevó a cabo la elección de sus congresistas o consejeros estatales, para integrar, por primera vez, los consejos estatales del partido y el consejo nacional del mismo. Al mismo tiempo abrió la posibilidad de que sus simpatizantes se convirtieran en militantes, con derechos y obligaciones, pues hasta esa fecha los miembros de MORENA eran una cantidad diminuta.

Se esperaba un gran evento democrático, un ejemplo de cómo es que se debe integrar un partido que presume de renovación, de transformación política y moral.

Lo que sucedió fue desastroso. La elección interna quedó manchada por la compra de votos, el acarreo, la violencia, el fraude y en general todos los vicios que han denunciado del viejo sistema priista.

Para tratar de cubrir las apariencias de semejante desaseo, se repitieron las elecciones en al menos seis estados, pero las denuncias internas de la verdadera militancia se dieron por cientos. Toda la gente que había venido trabajando bajo las consignas morales de la 4T quedó decepcionada, pero no sólo eso: una gran parte fue desplazada y no pudo tener acceso a los consejos, que se integraron en el mes de agosto, de donde a su vez surgieron las dirigencias estatales. Aquello fue un muy mal parto, si de democracia se trataba.

Mucha gente que tenía todos los méritos no pudo tener acceso a ser consejero, mientras que una gran cantidad de políticos arribistas y de antecedentes muy cuestionables forma parte hoy de la nueva dirigencia. Esto se dio en la mayoría de los estados del país.

Lo sucedido muestra toda la debilidad orgánica de MORENA como partido político, lo que tendrá serias repercusiones en el proceso electoral de 2024.

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