AMLO: el poder y la soberbia

Por: Gerardo Lozano

El poder suele echar a perder la templanza, el buen juicio, el sentido común, el sentido del humor y hasta el sentido de la realidad. No se necesita mucho poder, en ocasiones basta poco, pero a mayor poder los riesgos aumentan, de ahí la expresión común de “ya lo mareó el poder”, y todo indica que a Andrés Manuel López Obrador el poder le está haciendo daño, lo que se traduce en soberbia, desmesura en el hablar e incapacidad de escuchar y revisar sus propias decisiones, por más evidente que sea el error o lo extraviado de éstas.

En la Roma imperial, donde los gobernantes podían a su muerte ser convertidos inclusive en dioses si se habían desempeñado bien, se conservaban ciertas costumbres del periodo republicano y democrático que eran de lo más singular.

Cuando un general volvía victorioso de la guerra, ya sea que fuese cónsul o inclusive el mismísimo césar o emperador, el senado le otorgaba “el triunfo” (sólo el senado lo podía otorgar), para lo cual se le hacía una majestuosa procesión en Roma, con toda la fastuosidad que la ocasión ameritaba y, según lo cuenta el historiador Tácito, el pueblo se regocijaba muchísimo y aplaudía a rabiar, pero por parte de los soldados era costumbre lanzar palabras y pullas mordaces a su general, denunciando sus debilidades, defectos y ridiculeces, para que no se ensoberbeciera y llegase a creerse un padre eterno infalible.

El mismo Tácito comenta que a Julio César, por ejemplo, le gritaban: “Déjate de mirar a las matronas, calabaza monda. ¡Confórmate con las prostitutas…!”, en referencia a la proclividad del gran conquistador de meterse con las señoras casadas de la alta sociedad, que eran llamadas matronas, como hoy decimos señoras o damas. Lo de “calabaza monda” era una referencia al más grande complejo de este enorme personaje: su calvicie, así que debería calar, pero igual encajaba la pulla.

Si esta costumbre se conservara para celebrar los grandes triunfos de nuestros gobernantes, la democracia no tendría nada de qué preocuparse.

Hoy, con gobernantes que son figuras tan pequeñas y tan ordinarias, comparadas a aquellos personajes realmente históricos, se les envuelve de toda una pompa ceremonial y, ellos mismos, reclaman para sí todo el respeto de su investidura presidencial. Se les eleva a un altar laico, donde se les ofrece adoración, por lo menos por parte de sus fanáticos y, por supuesto, está prohibidísimo gritar sus debilidades, defectos y ridiculeces.

Mientras era un político de oposición, Andrés Manuel López Obrador era conocido por todos como el “pejelagarto” o “el peje”, así fue por décadas, en referencia a su estilo de hablar extremadamente despacioso, lleno de prolongadas pausas, que es como se mueve ese animalito tan peculiar, mitad pez y mitad lagarto, que habita en las lagunas de algunos estados sureños de México.

Pero hoy el mote ha sido suprimido, para sustituirlo por el más conveniente de “AMLO”, porque no “ofende” a la investidura presidencial.

Augustus von Prima Porta (20-17 v. Chr.), aus der Villa Livia in Prima Porta, 1863.

Lo disparejo es que, por primera vez, un presidente de la república usa todos los días la tribuna nacional para ofender a quien le parece, ridiculizando, satirizando, poniendo inclusive apodos (“el comandante borolas”, por ejemplo) y hasta difamando, pero él no encaja ni siquiera en la crítica de los medios de comunicación, respondiendo siempre con insultos y haciendo rabietas.

Hasta los caricaturistas, que suelen ser irreverentes por oficio, resulta que la mayoría son sus fans y algunos trabajan inclusive para su gobierno. En su tiempo el expresidente Ernesto Zedillo encajó sin hacer gestos aquella caricatura del ya fallecido Naranjo, quien lo caracterizó como un bolerito limpiándole los zapatos a un oligarca. Zedillo había sido efectivamente un niño bolero en su pobre niñez, así que el cartón estaba realmente pesado. Hoy algo así causaría un ataque masivo de todos los cancerberos de AMLO, que gozan por cierto de amplias tribunas.

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