Las corcholatas y Los Locos Addams

Las corcholatas y Los Locos Addams

Por: Marcela Valles

Tal vez la gente joven no la haya visto y se la perdió, pero a principios de los años setentas transmitían una serie televisiva simpatiquísima, una joya del humorismo fino, que se llamaba Los Locos Addams. Nunca los personajes y el tema del terror fueron tan graciosos.

Traigo a referencia esta magnifica serie televisiva porque creo que el tema de la sucesión presidencial por parte de los morenistas o “las corcholatas”, dejó de ser seria, si es que alguna vez lo fue, para instalarse en el terreno de la sátira y del humor.

Entre más serios y acartonados se ponen los personajes, más se acercan al humor, incluido “el destapador”.

Claudia Sheinbaum, toda ella ceremonia, como si le dieran una almidonada todas las mañanas, aparece ansiosa de adular, a la menor provocación, al señor presidente. Con una buena maquillada podría ser Morticia Addams (Carolyn Jones), sólo le faltaría la belleza y la sensualidad.

Marcelo Ebrad, de haberlo conocido los productores, seguro que le invitan al reparto. Grande, ridículamente ceremonioso, de ademanes acartonadísimos, vestido casi siempre de negro, encaja perfectamente en esa mezcla del miedo con el humor. Su rostro pasaría un casting sin ninguna dificultad en Los Locos Addams.

Adán Augusto López tiene la socarronería, la rusticidad y un cierto parecido con el personaje del Tío Lucas (Jackie Coogan), sólo le hace falta una rapadita y queda perfecta la caracterización. Es feo, como el Tío Lucas, pero parece del todo inofensivo y despistado.

López Obrador, como él se ha autodenominado “el destapador”, perfectamente encaja en el personaje de la mano o “dedos”, como se le decía, que era efectivamente una aterradora mano dentro de un servidor de plata que presentaba “Largo” (Ted Cassidy), de forma muy ceremoniosa.

No se le puede dar el personaje principal de Homero (John Astin), el padre de los Addams, porque era simpatiquísimo, además de encantador y sutil. Era el que rompía la tensión de su bella y terrorífica esposa. Tal vez los amlovers se nos enojen y reclamen para “el destapador” el derecho y los méritos de ser Homero, pero no, no alcanza a llenar el perfil.

¿Quién sería el Tío Cosa, todo el cubierto de pelos y con un sombrero elegante? ¿Y si el Tío Pelos, que esconde su identidad y sólo la corona con su sombrero elegante, fuera la única y verdadera “corcholata”?

El caso es que el ritual del “destape”, descrito en la narrativa de Luis Spota, como algo muy sutil y perverso, tejido en la penumbra del despacho presidencial y los pasillos del poder, se ha vuelto una obra chusca, de humor involuntario que sólo Dios padre sabe dónde va a terminar.

Algo hay en nuestro mundo político que hasta los juegos del poder, que suelen ser siniestros y  pueden meter miedo, se convierten en un humor involuntario, pero ojalá fuese un humor de la calidad de Los Locos Addams, y no uno de pastelazos y cachetadas.

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