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El inframundo hospitalario del IMSS (segunda parte)

Especiales / Especiales Principal / 20 abril, 2022

Por: Álvaro González

Son las dos de la mañana en el cuarto piso de la Clínica 71 o “Torre de especialidades” del IMSS en Torreón. Todo debería ser silencio para el reposo de los enfermos, la mayoría aquejados de enfermedades graves, pero cada una de las dos enfermeras que están de turno tiene funcionando un pequeño radio, uno con música grupera y otro de baladas pop.

En el cuarto contiguo una enferma se queja, está sufriendo dolor intenso de cabeza después de una operación de columna, pero en la farmacia de la clínica ese día no había Tramadol, así que le llevan Paracetamol, que es un analgésico para dolores menores y cuyo efecto es de corta duración.

En otra de las camas una paciente ya mayor se queja también, no puede dormir por el malestar. Debieron haberle inyectado insulina porque es diabética en grado avanzado, pero ese día tampoco había insulina en la farmacia y esperan que llegue en uno o dos días.

Si esto sucede con medicamentos tan básicos, da temor pensar en la existencia de medicamentos de alta especialidad, porque ello implica que los parientes tendrán que ir a comprarlos en una farmacia comercial, al precio que estén.

En la isla de enfermería había, hasta antes de las doce de la noche, cuatro enfermeras, pero a las doce, casi en punto, dos de ellas desaparecen porque se van a dormir. Reaparecerán aproximadamente a las cinco de la mañana, después de cinco horas de sueño. ¿Dónde lo hacen? Eso es algo que guarda muy bien la oscuridad de la noche.

Una mujer de aproximados sesenta años que cuida a su hija acude a una de las enfermeras porque al colchón de la cama, que debe ser muy viejo o de baja calidad, se le ha formado un hundimiento muy grande en la parte media, tan profundo como la altura misma del colchón. Le pide amablemente si es posible cambiarlo y la enfermera, prepotente, le contesta: “No hay colchones, así que lo toma o lo deja”.

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La enfermera del siguiente turno, que entra por la mañana, ve el estado del colchón y afirma que colchones sí hay, lo que no tiene en ese momento son camilleros, pero se compromete a dejar la orden de hacer el cambio.

Casi 24 horas después, un par de camilleros, dos jóvenes de aspecto esmirriado, llegan con el colchón de cambio, pero uno de ellos se dirige a la madre de la enferma y con sorna y descaro le dice: “Deben de tener muchas influencias allá arriba para pedir que les cambien el colchón”, al tiempo que de mala gana hacen la maniobra de movilizar a la muchacha enferma.

UN SOLO SANITARIO

Ya cerca de las cinco de la mañana, la enferma de la tercera cama de la habitación se levanta para dirigirse al baño de enfermos, que tiene dos sanitarios y una regadera con agua fría pero, cosa poco usual, también con agua caliente.

Todo da un aspecto de viejo, herrumbroso, poco limpio. Uno de los sanitarios no funciona; la enferma que lleva más tiempo internada puede constatar que tiene así por lo menos desde hace un mes, pero ya estaba así cuando llegó.

Como las enfermeras no se hacen cargo de manejar los “cómodos” para las evacuaciones de los pacientes, lo mismo que los urinarios o “patitos”, es algo que los parientes tienen que realizar y desecharlos en el único sanitario que funciona, pero no hay instalaciones para hacer esto con una higiene adecuada, lo que contribuye a la suciedad.

Al cuatripié que sostiene la bolsa de suero y la maquina de conteo le falta una rueda y las otras tres están atascadas con pelusa y basuras.

Anteriormente no había ni una silla para que el pariente que acompaña al enfermo se sentara, ahora hay una silla económica por cada cama que, por su estado, debe ser de adquisición reciente.

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En uno de los rincones de la habitación hay un único sofá reclinable, pero se encuentra destartalado y no es higienizado, pero aún así es utilísimo para que uno de los parientes no duerma a ras de un piso de mármol frío, sin más que una toalla o una pequeña cobija de por medio, en noches de otoño que ya son también frías.

LA RUEDA DE LA FORTUNA

A las siete de la mañana o un poco después, un médico especialista se acerca a cada enferma, acompañado por cuatro o cinco R1, como se denomina a los estudiantes internos de especialidades.

Llegan frescos, descansados, y el grupo de R1, compuesto de hombres y mujeres, parecen competir por quién lleva el pantalón más ajustado y la mayor cantidad de perfume encima.

Le dedican unos cuantos minutos a la enferma, ven su expediente, hacen algún comentario y el grupo se retira con prisa. Aquello parece más un paseo que una revisión médica.

A media mañana se presenta el médico especialista que realizó la cirugía y éste sí revisa con detenimiento a la paciente, platica un poco con ella y deja instrucciones a las enfermeras, sobre cuidados, medicamentos y la dieta que debe llevar.

Entrevistada sobre la calidad de la atención médica y las posibilidades de lograr un turno en quirófanos para la operación por la que su madre está internada, Matilde, una mujer chihuahuense de edad mediana, comenta que estar ahí es como una lotería o una rueda de la fortuna, como las que funcionan en los puestos de la suerte en la feria de su pueblo: a unos pocos les va bien pero a muchos les va mal.

En su caso tiene dos semanas esperando un turno de quirófano para que operen a su mamá de un riñón, pero no saben cuándo les tocará y en dos ocasiones no ha habido en la farmacia uno de los medicamentos que les recetó el especialista, por lo que han tenido que ir a comprarlo.

“Ya estamos bien gastadas, venimos dos hermanas con mi mamá; un día se queda de noche una y al otro día la otra, hay que pagar un cuartito feo para que una de las dos duerma, tenemos que pagar las comidas, gastamos en pasajes y nos dan 60 pesos diarios de viáticos como ayuda, lo cual parece una burla, porque ni una sola comida en la fonda cuesta eso, pero nos dicen que nos están haciendo un favor, porque la tarifa para Chihuahua es de 40 pesos por día. Mi hermana tuvo que pedir permiso sin sueldo en su trabajo, lo mismo que yo y pues somos gente que sólo tenemos para irla pasando, tuvimos que pedir un préstamo y ya se nos acabó, pero no sabemos hasta cuándo tendremos que estar aquí, a veces me desespero y lloro, me desahogo, pero pienso que Dios no desampara a nadie”, comenta.

LA EDUCACIÓN NO AYUDA

Si la ineficiencia, la falta de calidad en la atención y las anomalías son cosa de todos los días, la mayor parte de los enfermos y sus familiares provienen de medios sociales muy pobres y en consecuencia con un nivel de educación bajo, pero además, como son tratados con poca atención por el personal hospitalario, pueden ser con frecuencia descuidados, tanto en su higiene como en el uso de las instalaciones.

Una de las enfermas es cuidada por su hijo, un muchacho que debe de tener veinte o un poco más años, quien cenó de más o tiene algún problema de salud, pues tose de una forma cavernosa, persistente y, de pronto, comienza a vomitar como si fuera una regadera, dejando el piso en pésimas condiciones e impregnando de fetidez toda la habitación.

Para tratar de dormir, los parientes de turno se quitan los zapatos, con lo cual la fetidez de la habitación aumenta.

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Por la mañana, el primer médico que llega capta toda la fetidez acumulada y a voz en cuello ordena: ¡todas las que se puedan levantar se me van a bañar y las que no que les ayuden a bañarlas en su cama, debemos ser limpios, estamos en un hospital!

Más tarde llega una enfermera que no es de turno y parándose en el centro de la habitación pide, con voz amable: “Por favor, por favor, pónganme todos mucha atención, les aviso que se acaba de abrir un piso en el hospital para enfermos de COVID-19, y estamos viendo que hay enfermos que tienen hasta seis visitas al día de sus familiares, eso vamos a evitarlo; sólo debe haber una persona cuidando a su enfermo, sin visitas; deben usar todos su cubrebocas, lavarse sus manos o usar el gel que está ahí; cuando usen el elevador no se amontonen, esperen su turno, porque se nos pueden contagiar y contagiar a su enfermo, estamos en pandemia y les aviso para que nos cuidemos todos, porque vemos que a muchos ya se les olvidó”.

INEFICIENCIA Y CORRUPCIÓN

Es evidente que el abasto de medicamentos para la clínica ha venido empeorando de tres años a la fecha. Los quirófanos de la clínica, 10 en total, resultan ineficientes para la cantidad de enfermos que, ya programados, se encuentran internados, lo que prolonga por semanas el realizar las cirugías o bien hay que posponerlas en dos, en tres y hasta en cuatro ocasiones.

El personal de enfermería, quitadas sus excepciones que siempre las existen, deja mucho que desear en su desempeño y ha desarrollado vicios laborales, protegidos por su condición de sindicalizados.

Después de cuarenta años funcionando, las instalaciones de la clínica se han ido deteriorando y requieren de un mantenimiento a fondo.

Falta equipamiento y modernización, además la población de derechohabientes que atiende esta clínica regional, que da servicio a cuatro estados, se ha por lo menos duplicado, lo que demanda no sólo inversión en mantenimiento y modernización, sino una clínica más de especialidades para esta extensa región que cubre.

El personal médico es variopinto; hay médicos de gran experiencia y profesionalismo, así como también los hay que sólo cumplen para mantener el trabajo, mientras tratan de prosperar en sus consultorios privados y en hospitales también privados, donde pueden obtener ingresos muy altos.

El personal de intendencia y el de apoyo tienen igualmente y en conjunto un deficiente desempeño, protegidos también por el sindicato.

Si éste es el estado de cosas que viven los pacientes en esta clínica, que se considera como la de más alto nivel del IMSS en la región, se puede considerar que el personal directivo tiene también un desempeño deficiente, aunque tenga buen cuidado en mantenerse en un nivel que le permite ejercer su autoridad pero permanecer sumamente distante de los enfermos y su problemática real de todos los días.

Más que médicos, son burócratas y políticos que cobran excelentes sueldos y gozan de grandes canonjías.

Éste es el inframundo hospitalario del IMSS de una clínica de alta especialidad médica, la “élite” de la institución.

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Redacción




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