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Zermeño: el amargado hablando de amargura

Opinión / 4 enero, 2022

Por: Gerardo Lozano

El 14 de diciembre de 2021, el mismo día en que Jorge Zermeño Infante rindió su último informe de gobierno, el Siglo de Torreón hizo el sondeo de aprobación a ese gobierno: 25% de los ciudadanos que respondieron lo aprobó y el 75% lo desaprobó. No podía ser más contundente el rechazo al desempeño del veterano panista, pero él, como el hombre de Macuspana, Tabasco, “tenía otros datos”.

Terminó su tercer periodo de gobierno y terminó mal, cuando ya tiene 72 años de edad y se le percibe notoriamente acabado y, como el rostro nunca miente, con un dejo de insatisfacción y por momentos de cierta amargura. Por razones que desconocemos, este hombre septuagenario no parece ser feliz, porque la felicidad suele ser un hábito y se traduce en una actitud de optimismo, de alegría, algo que no se le ve por ningún lado.

Pero en su despedida del tercer informe, inesperadamente soltó un párrafo final que no tiene desperdicio: “En la política y en la vida no hay nada peor que la infidelidad y la deslealtad, pero ahora sí que cada quién cargue con sus culpas; no soy gente de rencores o que me guste amargarme la vida, ahora sí a mis enemigos y a mis adversarios que Dios los perdone”.

Un texto que exhala resentimiento y, lo que niega, amargura. Se siente traicionado, engañado y de enemigos y adversarios que requieren el perdón de Dios, no el suyo, como un santo que es llevado al martirio, libre de toda culpa, pues goza del “cariño de la gente”. Tal vez de sus hijos, que se llevaron la tajada del león en el reparto de la obra pública, porque al final pocos le quisieron y eso se percibe que le duele.

Él, en su ambición personal, pensaba cerrar su carrera con una diputación federal, para regresar cómodamente a la Ciudad de México, pero en las urnas recibió la humillación más grande de su carrera política, al ser superado inclusive por un muchacho fanfarrón e inexperto de Morena, ya no se diga por el candidato del PRI que se llevó el distrito.

Si hubo infieles y desleales fueron de su propio partido, el PAN, porque los demás fueron sus adversarios y habrá que reconocer que lo trataron con una gran consideración, cuando él fue mucho más desdeñoso y arrogante.

Esos infieles, como el marido ofendido, requieren del perdón de él, no de Dios, porque quien los puso en los cargos públicos fue precisamente él mismo y sus compromisos.

El perdón de Dios lo requiere él, sus hijos y sus amigos, que se han ido largos de la mano con el dinero público, que es ajeno y eso es un pecado para el confesionario y para el resto de sus vidas, cuando estén gozando de todo ese dinero que se llevaron.

En la referencia a los amargosos, debe hablar de ellos porque forma parte de tan triste cofradía, sólo requiere verse el espejo un brevísimo tiempo y ponerle un poquito de reflexión.

¿Qué le debe la vida, que en apariencia le ha dado a puños a través de la política? Bien a bien no lo sabemos; habría que entrar a su santuario personal y tener los conocimientos y las habilidades de un psicólogo.

Como Dios debe de estar bastante ocupado con tanta calamidad que ocurre en este mundo, ojalá y la vida le perdone el haber sido un gobernante tan mediocre, que es el adjetivo que sintetiza su trabajo público.

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