Puedes sentirla en todos lados

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Mantén la música maldita de Carlos Velázquez

Por: Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

De unos años para acá los ñoños o nerds se pusieron de moda. De pronto ya no era motivo de burla un tipo que prefería el conocimiento, sumergirse en un libro o aprender de memoria muchos datos. En los ochentas, por supuesto, eran el blanco favorito de los gandallas. Las películas enaltecían a los burlones y se ensañaban con los tontos que no entendían cómo ser populares en la escuela.

Luego llegaron los noventas, la revancha de los nerds comenzaba y, como si fueran Carrie bañada en sangre de cerdo, la ñoñería se fue convirtiendo en rabia y furia que nos legó el grunge y una burla constante hacia los tarados que no sabían cómo acomodar una palabra tras otra en cualquier pedazo de papel.

La generación Daria comenzó a apreciar las ventajas de ser listo y profundo. La superficialidad se volvería un defecto y de pronto parecía que nadie quería ser la porrista que masticaba chicle, se peinaba constantemente y se arreglaba las uñas.

Luego llegó Instagram y todo regresó a la normalidad.

Pero, a pesar de todo lo anterior, hay una forma de ser ñoño y no perder el estilo. El secreto es ser nerd de la música. Sobre todo del rock. ¿Acaso no son siempre los rockeros quienes se han quedado con la muchacha atractiva?

Pero eso sólo sucede cuando eres el guitarrista del grupo o el cantante. Eso no le sucede al ñoño de los discos y las ediciones limitadas y la colección de viniles. Pero, sin importar que el coleccionista no vive la vida del rockstar, por lo menos no es un ñoñazo de asuntos que a muy pocos importan. La música, al final, es fundamental en la vida de millones de personas.

Siempre pensé que yo era un ñoño de la música. Me sé datos históricos, nombres, algunos años, discos fundamentales, anécdotas e historias particulares de muchos músicos y grupos famosos. Nadie puede ganarme, pensaba, hasta que me hice amigo de Carlos Velázquez.

Carlos es el único nerd de la música que no ha deseado convertirse en músico. Hizo bien, la mayoría de quienes estamos obsesionados con datos y hechos críticos e históricos, en realidad somos bastante malos tocando.

La característica fundamental de un buen músico es que agarra un instrumento y le saca sonido. No importa si jamás lo había visto en su vida. Entiende de acordes, escalas, arpegios, armonías y melodías. Entiende de construcción musical, escucha en su mente las notas antes de tocarlas. Comprende cuáles escalas se combinan con otras para hacer una improvisación redonda y emocionante.

Y uno, que ama los discos y las grabaciones y los músicos como leyendas, va con alguien así y le pregunta si ha escuchado a tal o cual álbum de tal o cual grupo y es muy probable que el músico veterano responda: “No sé, güey, es que a mí se me olvidan los nombres de las rolas. ¿Sabes cómo va la melodía?”

Conocer a los músicos puede ser muy decepcionante.

En cambio, platicar con Carlos significa escuchar un sinfín de datos sobre músicos, discos, grabaciones en vivo y, sobre todo, afirmaciones tajantes e inflexibles sobre la calidad de la música.

Sí, he tenido un montón de discusiones con él, pero jamás nos peleamos.

Todo eso ahora se puede leer en su libro Mantén la música maldita (Sexto Piso, 2020). Esta recopilación de artículos y crónicas es una declaración de amor. Sí, el autor maldito de la literatura mexicana es un ñoño romántico empedernido y cursiento. Este efecto no lo causan las mujeres ni la literatura. Es más, ni siquiera las drogas. La música es lo único que lo pone así. Cuando habla de amor, no se refiere a ninguna persona, sino al último disco de Idles o al concierto de The Who o a Josh Homme y su inventiva extraordinaria.

En Mantén la música maldita nos acercamos al Carlos Velázquez que se sacrifica física y económicamente por ir al concierto de Soda Stereo o de Ozzy Osbourne. Por supuesto, el mayor sacrificio que yo leo es soportar los festivales, los únicos lugares en este país donde a veces se puede ver grupos extranjeros que valgan la pena. Cada crónica sobre algún festival que leí en este libro me convence a jamás pararme en algún lugar así. Las multitudes, los olores, la cerveza cara y caliente, los apretujones y arrimones de orcos apestosos se pueden entrever en sus crónicas. No, qué bueno que Carlos va a esos lugares por mí y escribe una crónica.

En cambio, cuando habla de tal disco que ahora tiene en vinil o el concierto en un lugar menos repugnante de alguno de mis grupos favoritos sí siento una sucia envidia que me carcome lentamente. No debería, pero sucede.

De todas maneras, leer sus opiniones sobre ciertos grupos, incluso cuando se rinde ante algunos que me parecen soporíferos y sobrestimados como Radiohead, es divertido y esclarecedor. Sí, gracias a él entendí que jamás me va a gustar Radiohead.

No es que quiera leer a un escritor opinar sobre música, es que lo necesito. Sobre todo cuando comprendo que mis gustos musicales, casi siempre alejados del rock que impresiona a casi todos, no están equivocados. Leer este libro confirma que mi gusto por el garage, el punk y cierto post punk es una forma elevada de arte y no una simple repetición para músicos mediocres.

Por supuesto, para eso estamos los ñoños de la música, para palmearnos la espalda entre nosotros mientras revisamos la colección del otro y decimos: “no mames, éste es un discazo”.

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