La Laguna: salvar o perder el ecosistema

La Laguna: salvar o perder el ecosistema

Por: Eugenia Rodríguez

El problema del agua en la región lagunera no se trata de una obra pública, como un acueducto para traer agua de las presas destinada al consumo humano. El problema es más grande y mucho más complejo e implica salvar o perder el ecosistema.

En términos generales el lagunero no ha sido educado como un habitante del desierto, su conciencia es muy baja, cuando la hay, y de ello se han aprovechado quienes manejan la economía regional.

Por millones de años el río que hoy llamamos Nazas fluyó desde la Sierra Madre Oriental hacia una planicie desértica baja, formando una laguna y acuíferos subterráneos muy grandes.

Con la colonización, que se remonta apenas a un poco más de un siglo, se comenzó a dar el aprovechamiento de las aguas del río para establecer cultivos agrícolas, principalmente algodón.

Una acelerada expansión llevó, ya entrado el siglo pasado, a crear presas para retener el agua del río y canales de conducción. La laguna y su sistema de humedales desaparecieron, pero también el flujo natural del río, con lo cual fue alterado el ecosistema original.

El cultivo algodonero, que se expandió a 80 mil, 90 mil y hasta 100 mil hectáreas, comenzó a declinar en la segunda mitad del siglo pasado. Para sustituirlo surge la cuenca lechera y con ella la explotación masiva de los mantos acuíferos, que se fue incrementando hasta alcanzar una sobreexplotación de 500 millones de metros cúbicos anuales.

Ahí se rompe radicalmente el equilibrio ecológico y se inicia una etapa de devastación, tolerada por la gran corrupción gubernamental, la avaricia e irresponsabilidad de los grandes agricultores, quienes inclusive prosperan sobre el fracaso del ejido como modelo de producción y, algo que no se puede dejar de lado, la inconciencia del lagunero común sobre el destino del agua, que es el recurso esencial sobre el que está fincada la sobrevivencia regional.

En los años ochentas surge una señal de alerta: se detectan comunidades con alta incidencia de cáncer en el municipio de San Pedro por el consumo de agua con arsénico y, para “resolver” el problema, se construye un acueducto llamado “Caballo Blanco”.

Esa alerta fue el punto de quiebre para establecer una normativa estricta sobre el uso del agua con fines agrícolas y el uso responsable del consumo de las zonas urbanas.

Lejos de hacerse algo, justo en esa década inició la gran expansión de la cuenca lechera y la siembra de enormes superficies de cultivos como la alfalfa, en pleno desierto, hasta llegar a tener más de 2 mil pozos, la mitad clandestinos, pero todos sin medidores para regular el consumo.

Un desorden provocado por los intereses económicos, la corrupción de la CONAGUA y los grandes productores agropecuarios. Un capitalismo salvaje tolerado para el beneficio de unos pocos.

Y la devastación alcanzó niveles de desastre, al generar un agotamiento de los mantos freáticos y su contaminación con sales de arsénico, que alcanzaron las zonas urbanas y están haciendo crisis desde hace dos décadas, cuando la ciudad de Matamoros comenzó a quedarse sin agua, pero ni eso fue señal suficiente. La solución fue construir un acueducto del cerro de las Noas a Matamoros para llevar el agua de cuatro pozos.

Hoy, lejos de buscar una política gubernamental responsable que busque salvar el ecosistema y el uso sustentable del agua, la solución es crear un enorme acueducto para abastecer a todas las zonas urbanas, y todo lo demás siga igual.

Ante esto la población parece indiferente, los empresarios aplauden y se condena a los ecologistas, las única voces sensatas que están gritando en el desierto.

Comentarios de Facebook
Facebook
Twitter
LinkedIn

Lo más visto

Te podría interesar: