Escuelas cerradas: el daño a los niños

Escuelas cerradas: el daño a los niños

Por: Álvaro González

Antonio tiene 10 años de edad y estaba cursando el tercer año de educación primaria cuando se desató la pandemia del COVID-19. Hoy se supone que está cursando el cuarto año y está por terminarlo, después de más de un año de pandemia. Además de los daños académicos evidentes, Antonio está enfrentando otros problemas de salud mental: periodos frecuentes de insomnio, estados de ansiedad, disminución en sus estados emotivos y un incremento de peso por el exceso de sedentarismo.

Es el segundo hijo de dos profesionistas; ella doctora y el ingeniero agrónomo. Cuando inició el primer confinamiento por la pandemia todo fue desconcertante: dejó de ir a la escuela, dejó de practicar deporte, dejó de ver a sus amigos y a sus parientes y se vio de pronto encerrado en el espacio de su casa, una vivienda de tipo medio en una colonia del suroriente de Torreón.

Inicialmente le pareció atractivo pasar horas frente al televisor viendo programas, películas y series de Netflix, pero pronto los días se le comenzaron a hacer largos, interminables y él no podía ni tan siquiera acompañar a su mamá a las compras del supermercado, mientras que las salidas del fin de semana se terminaron.

A su edad comenzó a sentir confusión por los comentarios, noticias, charlas e información, todas ellas relacionadas con la pandemia del COVID-19. La plática giraba invariablemente en torno a enfermos, muertos, contagios, peligro en todas partes y por las más diversas razones, lo que comenzó a generarle una sensación inconsciente de amenaza y de miedo.

Para hacer más rotundos esos sentimientos, el abuelo materno se enfermó y murió de COVID-19, pero ni tan siquiera hubo sepelio, sencillamente ya nunca volvería a ver más en su vida al querido abuelo Rodrigo, quien ni siquiera era un viejo y no estaba enfermo.

Lo que más le pesa a Antonio es no poder tener la convivencia con sus amigos y con sus primos, con quienes platica sólo ocasionalmente por medio del teléfono celular y la computadora, pero no es lo mismo y todo se vuelve electrónico.

Con su hermana Patricia, quien tiene apenas siete años de edad, inicialmente la relación era fraterna como siempre, pero a medida que han ido pasando los meses las discusiones se han vuelto más frecuentes. Además, Antonio tiene que ayudarle con las tareas escolares y explicarle lo que no ha podido entender de algunas materias, algo que al principio hacía con agrado pero ahora le causa dificultad.

Aunque Antonio es un niño privilegiado en cuanto a contar con todo lo necesario para realizar sus estudios por medio de la internet, él mismo reconoce que no es lo mismo ir a la escuela que tomar clases virtuales y presentar exámenes por el mismo medio. Ha sacado 10 en casi todas las materias, pero anteriormente obtener un 10 le costaba mucho más trabajo, lo que es algo que está pasando a nivel general: el nivel de enseñanza y aprendizaje es mucho más bajo a través de los medios virtuales.

EL MIEDO Y LA TERCERA OLA

Con mucho optimismo, Antonio y su hermana comenzaron a tener más salidas y se inscribieron a un curso de natación de verano, al cual asisten con un gran regocijo. Sus padres les anunciaron que irían una semana de vacaciones a Mazatlán y era posible que el próximo año escolar ya asistieran a la escuela.

El problema es que comenzaron a llegar nuevamente noticias malas. Con pena, su padre les informó que las vacaciones a Mazatlán se suspendían y sobre la escuela hay incertidumbre: si la tercera ola de COVID-19 se extiende y la variable llamada Delta, que ya es la dominante en Estados Unidos, se convierte también en la variable dominante en el estado de Coahuila, lo más probable es que no se puedan abrir las escuelas para normalizar las clases presenciales.

Después de más de un año de confinamiento la vida cotidiana comenzaba a normalizarse y, con ello, la convivencia social, pero el miedo comienza a regresar y existe el inminente riesgo de volver a estar encerrados en casa la mayor parte del tiempo.

Después de una semana de vacaciones en Mazatlán, Felipe, un primo de 12 años de Antonio, llegó contagiado con COVID-19, lo que ha traído la alarma, pues además de Felipe llegaron contagiados otros dos integrantes de su familia.

Se estima que lo que resta del mes de julio y de agosto, la campaña de vacunación, si se mantiene a un ritmo acelerado por parte del gobierno federal, que está empeñado en seguirla centralizando, se habrá logrado vacunar a la mayor parte de los jóvenes que están entre los 30 y 40 años de edad.

Septiembre y octubre serían para los mayores de 18, si todo va bien, con lo cual el primer semestre del año escolar tendría que seguir siendo virtual, pues se debe considerar que porcentajes significativos de adultos mayores de 30 años no acudieron a vacunarse, pero el principal problema parece ser la variante Delta, originada en la India, la cual es mucho más contagiosa, pero además puede infectar a niños, adolescentes y adultos jóvenes, con un porcentaje considerable de casos graves, lo que no sucedía con las variables anteriores que estaban dominando al momento de crearse las vacunas.

Un aspecto muy importante es que mientras las escuelas se mantienen cerradas por falta de condiciones adecuadas, los bares, antros, espectáculos musicales, eventos de futbol y ahora la feria estarán abiertos, con lo cual los jóvenes en edad de preparatoria y de universidad y mayores, se convierten en un foco permanente de contagios, al no acatar las medidas sanitarias obligatorias.

Se le ha dado prioridad a proteger a ciertos ramos económicos relacionados con el entretenimiento, antes que planear una estrategia para contener la pandemia sacrificando ciertas actividades no esenciales, para hacer posible el abrir las escuelas de nivel básico, medio superior y superior, lo que está causando fuertes daños, no sólo de tipo académico, sino emocionales y de desarrollo de los niños.

De consumarse lo que se teme, el próximo ciclo escolar será ya el tercero afectado por la pandemia, lo que hace indispensable replantear las políticas sanitarias actuales y poner la educación por encima inclusive del funcionamiento de ciertos sectores económicos no esenciales y sí propagadores del contagio de COVID-19.

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