¿Y la historia negra de Luis Echeverría Álvarez?

¿Y la historia negra de Luis Echeverría Álvarez?

Por: Eduardo Rodríguez

Como el dinosaurio de Monterroso, cuando nos despertamos todos los días se nos olvida que Luis Echeverría Álvarez todavía sigue ahí, a sus 98 años, cumplidos en enero pasado y en condiciones de llegar al siglo de vida.

Selectivo de memoria como es, Andrés Manuel López Obrador la ha cargado contra todos los expresidentes de lo que llama el periodo neoliberal, pero se detiene justo en 1982, para no hacer referencia a los gobiernos de José López Portillo y, especialmente, de Luis Echeverría Álvarez; el gobierno que descarriló el denominado “desarrollo estabilizador”, siguiendo el modelo del “nacionalismo revolucionario”, el mismo que está tratando de instaurar la llamada cuarta transformación.

Luis Echeverría tiene una enorme cuenta histórica no saldada, resultado de un gobierno populista, como el de ahora, pero también de un gobierno autoritario y represor, que utilizó el crimen de Estado como un instrumento sistemático para desarticular, brutalmente, todos los movimientos de izquierda radical que surgieron de los efervescentes años sesenta.

Echeverría no sólo desbarrancó la economía del país con su “nacionalismo revolucionario”, sino que suprimió el avance democrático y reprimió a todo aquel que se opuso a su régimen, incluida la prensa, que era entonces el único espacio de crítica y de opinión libre del que se disponía.

Aunque Gustavo Díaz Ordaz asumió, como presidente, los sucesos de 1968 en Tlatelolco, el instrumentador de la masacre de estudiantes fue su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez. Sin embargo, hasta ahora ha logrado que la mayoría de los historiadores lo mantengan al margen de estos hechos.

Tal es la responsabilidad de Luis Echeverría, que, ya como presidente, el 10 de junio de 1971 terminó su obra represora hacia el medio universitario, con los sucesos del llamado “Halconazo”, ejecutado por grupos paramilitares entrenados por el propio gobierno federal, con un saldo que algunos estudiosos del periodo calculan en 120 muertos, dado que después de los enfrentamientos de los “halcones” con la manifestación de estudiantes, entraron a varios hospitales para rematar a muchos de los heridos.

Ahí inicia la llamada “guerra sucia”, que se prolongaría por todo el sexenio, durante la cual la llamada Dirección Federal de Seguridad, un organismo siniestro dedicado al espionaje y la ejecución de todos los opositores al régimen, exterminaron, por medio de los escuadrones   denominados “las guardias blancas”, a casi todos los movimientos de izquierda del país, mientras a una buena parte de los dirigentes del movimiento del 68 los corrompieron e incorporaron al régimen.

Fueron liquidados los más importantes movimientos de extrema izquierda, como la Asociación Cívica Guerrerense de Genaro Vázquez; el Partido de los Pobres, de Lucio Cabañas, y la Liga Comunista 23 de septiembre.

La represión se extendió a los movimientos de derecha, algunos de cuyos líderes fueron asesinados o perseguidos, en tanto que partidos como el PAN, que eran la única oposición partidista, fueron asediados sistemáticamente desde los órganos del Estado, a tal grado que José López Portillo no tuvo contendiente en la campaña presidencial de 1976; fue el único candidato oficial registrado, quien podía haber sido presidente de la república con tan solo un voto.

15 MIL DETENIDOS ILEGALES

En el año de 2006 la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) dio a conocer un informe donde reporta el rostro siniestro del gobierno de Luis Echeverría Álvarez. Se registraron 15 mil detenciones ilegales de activistas políticos; 1,421 casos detectados de tortura; 1,650 presos en cárceles clandestinas; 100 ejecuciones realizadas por órdenes del Estado y 797 denuncias por desaparición forzada.

En 2007 la FEMOSPP desapareció cuando tan solo había llevado a cabo el proceso de uno de los casos. Luis Echeverría siguió en su larguísimo e imperturbable retiro, tenía entonces 85 años de edad y se pensaba que ya era muy viejo.

Utilizando los mismos procedimientos ejecutados por la Dirección Federal de Seguridad, el gobierno de Luis Echeverría urdió y ejecutó el golpe en contra del periódico Excelsior, el 8 de junio de 1976, como una forma de liquidar el único medio que ejercía abiertamente la libertad de expresión en el país.

Pero en sus discursos, verdaderos maratones verbales, seguía hablando de los pobres y del rescate de la revolución, mientras realizaba giras por todo el país y dilapidaba el patrimonio público en programas populistas destinados a los más pobres, fundaba empresas paraestatales improductivas y gastaba la hacienda pública de forma faraónica.

En Coahuila se puede citar como ejemplo el llamado “Pacto de Ocampo”, un pacto para sacar a todo el medio rural del país de la pobreza.

El pequeño pueblo cabecera del gigantesco y desértico municipio de Ocampo, Coahuila, fue decorado con tanto esmero que bien podría ser el set de la película Coco, todo ello para que pasara ahí las fiestas de fin de año el presidente Luis Echeverría y su esposa, Esther Zuno.

Para que el avión presidencial pudiera bajar se construyó una pista de aterrizaje para ese solo propósito. Se invirtió una enorme cantidad de dinero para crear establos de vacas lecheras y campos de alfalfa para su alimentación. El pueblo de Ocampo fue arrancado de su realidad de un villorrio pobre situado en la entrada del desierto, para convertirlo en una escenografía cinematográfica del “Pacto de Ocampo”.

Sólo una década después, a lo más, todo aquello desapareció y Ocampo volvió a su pobreza habitual y hoy sigue siendo uno de los municipios más pobres de Coahuila, con una pequeña población para un territorio gigantesco, como el municipio geográficamente más grande del país.

¿Y EL JOVEN AMLO?

¿Dónde estaba entonces Andrés Manuel López Obrador? Al final del periodo de Luis Echeverría, a los 23 años de edad, el joven tabasqueño era un entusiasta activista político-electoral del PRI, metido a la organización de campañas electorales. Sería un político priista típico hasta la edad de 45 años, cuando se retira en la campaña 1988, secundando a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y los fundadores del PRD.

En su descargo habrá que decir que en sus inicios (1977) trabajó en el Instituto Nacional Indigenista Chontal, de la comunidad de Nacajuca, donde hizo realmente trabajo de base, pero posteriormente se trasladaría a la Ciudad de México, donde tendría, todavía muy joven, varios cargos, entre ellos nada menos que capacitador de los nuevos cuadros del PRI capitalino.

López Obrador no se refiere nunca a Luis Echeverría Álvarez, ni mucho menos al rostro siniestro de ese gobierno, porque siente admiración por él, al grado que la idea del restablecimiento del “nacionalismo revolucionario” está inspirado en el echeverrismo, lo mismo que su populismo y su idea de la rectoría económica del Estado, un concepto totalmente obsoleto en el mundo de hoy y ya un fracaso en los años setentas, tanto que los economistas consideran al gobierno de Luis Echeverría como el destructor del “desarrollo estabilizador” y el artífice de la primera gran crisis económica del siglo XX, que dejó más pobreza de la que había en el país.

Un análisis minucioso del gobierno de Luis Echeverría Álvarez, puede mostrar, en materia económica y política, que es un referente sumamente inquietante del gobierno que ha llevado hasta ahora Andrés Manuel López Obrador, de ahí que su crítica se detenga en 1982, donde, en su opinión, comenzaron los gobiernos neoliberales con Miguel de la Madrid Hurtado.

El asunto es que el dinosaurio sigue ahí y tiene una cuenta histórica negra que nunca ha saldado, pero, como si no existiera, toda la crónica de su gobierno ha desaparecido de la memoria colectiva y sólo vuelve, como un fantasma, de vez en cuando y por medios inesperados, como en la premiada película Roma, del cineasta Alfonso Cuarón, donde se aborda el “halconazo” y la formación de esos grupos de choque, destinados a reprimir cualquier movimiento de protesta hacia el gobierno echeverrista.

Es una referencia bastante explícita, pero en medio de un guion cinematográfico donde la nostalgia y la recreación de una época soñada de la Ciudad de México suavizan mucho la brutalidad gubernamental y la política represora y antidemocrática de un gobierno populista, estatista y nacionalista revolucionario, que se asemeja tanto al gobierno en turno; sólo le faltan las fiestas folclóricas de doña Esther Zuno con su agua de jamaica y sus tamales oaxaqueños, aunque no estoy seguro de que realmente le falten.

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