¿Qué come el artista durante la pandemia?

¿Qué come el artista durante la pandemia?

Daniel Herrera

Escritor y músico lagunero
twitter: @puratolvanera

Permítanme ser repetitivo y volver a lo mismo. Es probable que ya nadie quiera leer una columna más sobre el asunto. El problema es que no puedo dejar atrás el tema. No es tanto porque yo esté obsesionado. Incluso he hecho el esfuerzo por olvidar lo más que pueda la situación que vivimos, pero es casi imposible. El asunto está aquí y allá y también más allá. Pero, intentando ir más lejos de lo mismo de siempre, deseo concentrarme en aquello que puedo entender: si eres artistas, ¿cómo sobrevivir a las dificultades económicas provenientes de la pandemia?

Mi poca experiencia está basada en lo que he visto con músicos, actores, bailarines y escritores. Quienes han sufrido más, sin duda, son quienes viven del público en persona. Los que se suben a un escenario.

La forma en que han toreado la tormenta económica, que por momentos se convierte en huracán, depende de las habilidades e imaginación de cada uno. Desde los actores, actrices, bailarines y bailarinas que se decantan por dar clases on line; hasta quienes, contra todo pronóstico y con resultados dispares, han montado obras cobrando por una entrada virtual.

Por supuesto, hay artistas que se pasan la pandemia por donde quieren y siguen entrenando y ensayando. No sé, tal vez por eso jamás seré un gran artista consagrado, no creo que valga la pena sacrificar mi vida por el arte. Por lo menos no a ese grado.

A los músicos los he visto más de cerca. La gran mayoría sufriendo por conseguir dinero suficiente para llevar a sus familias. Es el grupo más afectado, porque tanto los salones de fiestas, los bares y los eventos masivos se han cancelado o trabajan a medio gas. Se comprende que sea así. Queda claro que es en esos lugares donde los contagios se pueden multiplicar. Ya sabemos que hablar, gritar y cantar es una de las mejores maneras de propagar este maldito virus.

¿Qué han hecho? Pues los he visto haciendo lo necesario. Muchos se han dedicado a vender comida, otros a tocar en los cruceros. Pero no es suficiente, ningún trabajo temporal lo será. Algunos, no muchos, no han parado de tocar, aunque es un riesgo muy claro. Y lo entiendo, sin duda.

Los escritores son otro tipo de personaje. Para quienes escribimos, estar encerrados no es tan terrible. Al final, la escritura necesita la soledad y una pandemia es tan útil como una tormenta. Eso sí, comienzo a notar en algunos el síndrome de abstinencia de feria del libro. Un año entero sin asistir a ninguna feria puede hacer daño. Pobrecillos.

Los gobiernos de este país nos recuerdan que la responsabilidad es de nosotros, no de ellos que están a cargo, sino de cada uno de quienes intentamos sobrevivir a diario. Nos dicen que debemos cuidarnos, que no salgamos, que nos lavemos las manos y mantengamos a todo mundo a dos metros de distancia. Eso sí, el gobierno federal jamás nos ha dicho que utilicemos cubrebocas, porque el señor presidente no cree en ellos.

En fin, nos dicen que es nuestra culpa si nos enfermamos. Por gordos, por diabéticos, por cancerosos, por fumadores, por borrachos, por descuidados. Nos pidieron nuestros votos, nos convencieron que los necesitábamos y ahora nos dicen que debemos rascarnos con nuestras propias uñas.

El asunto es que, mientras pasa eso, también le exigen a los restaurantes, bares y salones de fiestas una serie de medidas desesperadas ante un virus traicionero.

La solución sería cerrar todo. Pero si esto sucede, se van a la calle un montón de personas. ¿Entonces? Pienso que el gobierno debería entregar un sueldo a todos ellos.

Sé que no va a suceder. También nos han convencido que nuestros impuestos son fundamentales para que funcione el país. Justo cuando más necesitamos que ese dinero trabaje para nosotros, resulta que no hay, que no está disponible, que no nos toca nada.

Supongamos que otras personas, en otros ámbitos, pueden seguir trabajando. Múltiples oficinas no han cerrado y en algunas la ventilación es aceptable y todo mundo lleva cubrebocas.

Es un hecho que no todo mundo vive igual la pandemia. Por eso el caso de quienes viven del escenario debería ser revisado como una excepción. Mi razonamiento es sencillo: si el virus se esparce en lugares donde muchas personas platican, ríen, cantan y gritan sin cubrebocas como los bares, restaurantes y salones, son los mejores lugares para estos contagios. Si un gobierno, el que sea, decide castigar a quienes viven de la fiesta, es preciso que también los respete y les permita lo mínimo para seguir viviendo. Y no me refiero aquí a migajas, he visto al gobierno municipal repartir despensas como si con eso se pudieran paliar las necesidades económicas de múltiples trabajadores y sus familias. Estoy hablando de entregar, por lo menos, la mitad del sueldo que cada uno de esos músicos, actores y bailarines ganaban antes de la pandemia.

No sé cómo debería hacerse, no soy funcionario público y jamás lo seré. En cambio, sí soy uno de esos ciudadanos que pagan impuestos y participan en la vida política del país.

Supongo que estas palabras terminarán donde sea. Caerán en un agujero donde han caído los más de 100 mil muertos oficiales y los más de 260 mil no oficiales. En medio de una desgracia, me estoy preocupando por un puñado de artistas y sus necesidades económicas.

Sí, y lo seguiré haciendo porque al final, será el arte el que nos permita superar la desgracia. Es el trabajo de estos músicos, cantantes, bailarines y actores quienes nos ayudarán a mirar hacia adelante, una vez que el apocalipsis haya pasado.

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