La humanidad postrada por un simple virus

La humanidad postrada por un simple virus

Por: Eugenia Rodríguez

De pronto, sin que nadie lo previera, aparece un extraño virus en un acinado mercado de venta de animales exóticos en una gran ciudad china (ésa es la versión oficial, con la que quiere quedarse la OMS que controlan en buena parte los mismos chinos) y se desata a nivel mundial un cambio en la forma del comportamiento humano.

La primera reacción es miedo; nadie está a salvo, pero hay grupos mucho más vulnerables donde contraer el virus puede ser mortal, especialmente entre los mayores de 60 años y quienes padecen ciertas enfermedades crónico degenerativas muy comunes en México, como diabetes, hipertensión, obesidad, cardiopatías.

La recomendación de la OMS es el encierro domiciliario, trabajar en casa y no salir sino a lo indispensable, como si de pronto la luz solar se hubiera vuelto radioactiva.

Nada de asistir a cafés, restaurantes, reuniones familiares, visitas a los amigos, viajes, asistencia a lugares públicos, cines, teatros, eventos, restaurantes…

La convivencia humana trastocada en casi todas sus formas conocidas, incluida la educación en todos sus niveles.

Si teníamos problemas con los niños y jóvenes cibernéticos, pegados a una computadora y a un celular, ahora hay que obligarlos a estar pegados a ellos al menos cinco a siete horas diarias, lo que tendrá sus consecuencias, pero, además, dado la situación de las familias más pobres, donde ya de por sí el aprovechamiento escolar suele ser mucho más bajo, no se sabe qué va a pasar si no tienen laptop, tableta o tengan que estar pegados a un celular.

En los primeros meses del encierro, tal vez dos como máximo, hubo inclusive descanso, para quienes gozaron de ello, pero el encierro se va volviendo agobiante, claustrofóbico para quienes no gozan de ciertos privilegios, que son muy pocas personas.

Viene el aburrimiento y después cierto enojo, pero viene enseguida la llamada “vuelta a la nueva normalidad”, un nombre eufemístico porque ni es nueva ni es normalidad, es un retorno a ciertas actividades con una máscara, con el mismo miedo, con una convivencia que cuida la distancia para cuidarse del contacto con el otro. Más cuando en el entorno social inmediato llegan noticias de si fulano se enfermó o, lo que es peor, ya murió un conocido o un pariente.

Y no es cosa rara que suceda, dado que en México, de cada cien casos reportados muere en promedio el 10.12%, más del doble de fallecimientos con respecto a los países desarrollados.

Si te enfermas y los síntomas son leves, no parece haber secuelas, pero si los síntomas son delicados y se libra la enfermedad, pueden quedar secuelas delicadas.

¿Cuándo saldremos del problema? Unos expertos calculan que en un año, otros que en dos, lo que será una tarea difícil, pero en apariencia posible.

Lo más preocupante es si un virus no muy complejo, de acuerdo a la comunidad científica, pero de alto contagio logró atravesar la barrera de protección humana, causando este caos, qué pasaría si aparece un virus más letal en un futuro inmediato.

El planeta está sobrepoblado y la convivencia entre el humano y las demás especial animales se ha vuelto, digamos, cada vez más promiscua, pues tal vez no sea casual la aparición del virus en el país más poblado de la tierra (1,300 millones de habitantes), donde se come todo lo que camina, vuela, se arrastra o se mueve, con frecuencia sin las más mínimas medidas de higiene.

Vista así, qué frágil parece la condición humana, aun con todos los avances científicos y tecnológicos, enfocados en su mayoría a hacer gigantescos negocios con el mercado de la medicina y los servicios hospitalarios.

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