El discurso de AMLO reinventa la realidad

El discurso de AMLO reinventa la realidad

Por: Marcela Valles

Al cumplir su primer año todo parece estar definido en el estilo personal de gobernar de Andrés Manuel López Obrador; no se ha reservado nada. Tenemos un homo parlante como presidente de la república, no un ejecutivo sino un hombre que entiende que el ejercicio gubernamental está principalmente en el discurso.

No podía ser más contrario a su héroe nacional favorito: Benito Juárez, ni al más grande villano del nacionalismo revolucionario: Porfirio Díaz, ambos sumamente mesurados en el hablar, pero ambos notables gobernantes y, contra lo que se piensa, con una voluntad de poder bastante similar.

El discurso de López Obrador pareciera el dominio consumado de la improvisación, aderezado con el indiscutible carisma que proyecta hacia una gran parte de los mexicanos, pero, para usar un término que ahora está de moda, el análisis de su narrativa tiene líneas bien definidas, que se han repetido una y otra vez a lo largo de 2019 y, todo indica, que serán aplicadas por lo que resta del sexenio, aunque no con los mismos resultados.

El discurso o narrativa de López Obrador maneja tres elemento principales: un tratamiento emocional de los problemas y bondades de una parte de los temas que él aborda; el uso de la división o confrontación de adversarios que él mismo crea, a los cuales agrede verbalmente y, como tercer componente, el uso de distractores para cambiar la atención en torno a una determinada problemática real.

La construcción de su narrativa maneja la misma estructura de un cuento fantástico para niños o adolescentes, del tipo de Walt Disney o de Marvel.

Hay un héroe sin claroscuros, todo él bondad, que es él mismo. Ese héroe lucha contra un grupo de villanos oscuros, perversos, poderosos, quienes buscan dañar a los buenos, que somos el resto de los mexicanos.

El desenlace final es la derrota de los villanos y la creación de un mundo feliz para el pueblo, que se ve finalmente librado de sus enemigos.

Las armas del héroe son la justicia, la bondad, el amor, la propagación de la paz y, como resultado de todo ello, la felicidad. Una república luminosa, justa, pacífica y donde todos vivan felices.

¿Le parece que la lectura es fantasiosa? Si hay dudas puede repasarse toda la bitácora noticiosa del 2019 sobre las “mañaneras”.

UNA REALIDAD PARALELA

En esta construcción, que es apoyada por profesionales de la comunicación y asesores en imagen, él no sólo es un héroe, sino que aspira a convertirse en una figura histórica, que dirige el país hacia su cuarta transformación, en lo que es parte también de la estructura de un cuento.

Los villanos eran anteriormente “la mafia en el poder”, pero como ahora él es el poder, los villanos pasaron a ser los “neoliberales” y, más recientemente, los “conservadores”, quienes han causado todos los males del país y se resisten a la cuarta transformación, poniendo todos los obstáculos que pueden.

No existen nombres ni apellidos, sólo se les insinúa, pero si es necesario se utilizan personajes determinados, siempre seleccionados cuidadosamente.

La intención es que todo el que se opone, cuestiona, critica o pone en tela de duda su discurso, sus decisiones y sus obras cae en el costal de los villanos “conservadores” y “neoliberales”.

Cuando se presenta una situación de crisis o la realidad del país no corresponde con la realidad imaginaria que él ha ido creando y sostiene en su discurso, se recurre a un distractor.

Ante el problema de una realidad que muestra, con números oficiales, que 2019 ha sido el año más violento del cual se tengan registros, y las crisis del “culiacanazo” y el caso de la familia Le Baron, de pronto el aparato judicial norteamericano detiene a Gerardo García Luna, el zar antidrogas del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa.

García Luna se encontraba radicando en los Estados Unidos sin ningún problema, sin ser molestado por ninguna autoridad, así habían transcurrido cerca de siete años y, de pronto, lo aprehenden, acusado de conspirar para el tráfico de drogas, de falsedad de declaraciones y otros delitos, lo que encamina la lucha en contra de la corrupción hacia el sexenio de Felipe Calderón, brincando el gobierno de Peña Nieto.

Un excelente villano y en consecuencia un excelente distractor, ante la fallida política de seguridad pública, que ha empoderado al crimen organizado y a los violentos en todo el país.

Este villano no es creación de los asesores de López Obrador, quienes lo tomaron de la serie televisiva “El Chapo”, donde aparece el personaje Conrado Sol, quien fue creado por los guionistas basándose en Gerardo García Luna (cambiaron únicamente sol por luna), mezclando filtraciones reales y ficción, manejándolo como el personaje antagonista de Joaquín “El Chapo” Guzmán.

El problema importante de esta narrativa de López Obrador es que se han creado dos realidades distintas y que pueden volverse cada vez más distantes: la realidad objetiva del país y la “realidad” que crea el propio López Obrador en su imaginario, que se resumen en la frase ya emblemática de “yo tengo otros datos”.

Ante errores tan graves como el “culiacanazo”, no sólo se dieron seis versiones distintas de los hechos en apenas unos cuantos días, sino que las consecuencias de los sucesos nunca fueron asumidas y AMLO recurrió en los días siguientes al manejo emocional, al afirmar que se habían salvado vidas, llegando inclusive a pedir una felicitación por ello. Ni un solo funcionario perdió su cargo, porque la decisión había sido de él.

Puesto entre la realidad que vive a diario y la “realidad” que compone López Obrador tomando sólo las partes que selecciona de ella, el ciudadano común tiene que hacer una interpretación y, por sentido común, se tiene que apegar a la realidad inmediata, a lo que vive y a las consecuencias reales que están teniendo las decisiones gubernamentales.

Los casos extremos son la economía, la inseguridad, la migración, los programas asistenciales y las mega obras que está iniciando el gobierno federal, a lo que habría que sumar el manejo del presupuesto público.

Él quisiera tal vez que se interpretara lo que sucede en el país a partir del discurso presidencial, “no hay problema que me quite el sueño”, como lo ha dicho literalmente en este inicio de año, pero los problemas sí le están quitando el sueño a una gran parte de los mexicanos y algunos de esos problemas están creciendo.

¿PUEDE DURAR EL CUENTO?

López Obrador ha ido concentrando cada vez más el poder en su persona, al grado que todas las decisiones, aún aquellas que no corresponden al nivel presidencial, son tomadas por él, lo que impide que dentro de su propio gabinete existan contrapesos de importancia, salvo contadísimas excepciones.

Lamentablemente, no sólo faltan contrapesos importantes, sino que hay una serie de personajes que quieren ganar méritos y espacios políticos impulsando iniciativas más radicales o más inviables.

La mayoría de los organismos autónomos han sido copados, desplazando a sus dirigentes anteriores y colocando incondicionales, mientras que unos pocos se resisten, como el INE, a quienes se les recortan los recursos económicos.

El poder legislativo está en completa sumisión, al grado de haber aprobado el presupuesto de egresos de la federación para 2020 sin tan siquiera discutirlo. Lo mismo se hizo con el TMEC.

Lo más delicado estaría por venir, si, como lo ha afirmado una y otra vez, López Obrador se empeña en seguir manejando su realidad a través de ese discurso fabuloso, y la realidad objetiva del país se comienza a distanciar cada vez más.

Hasta ahora, penosamente, el único contrapeso al que sí atiende, y lo hace de forma casi inmediata, es a Donald Trump y su “diplomacia” salvaje, basada en amenazas que han fijado la política migratoria, la desventajosa aprobación del TMEC y la política comercial.

Esto se ha llevado al extremo de agradecer el retiro de amenazas, como la de no fijar aranceles arbitrarios o la de no declarar terroristas a los carteles de la droga, un tema que seguramente resurgirá en los próximos meses.

Hay indicios, con base en los hechos de 2019, de que cuando el discurso o narrativa de López Obrador se rompe, se asoma el autoritarismo y la intolerancia, como ha sucedido con varios medios de comunicación, organismos empresariales, organizaciones de la sociedad civil y partidos políticos opositores.

¿Hasta dónde se puede sostener una realidad fantástica que se aparte cada vez más de la realidad y los problemas del país? Todo parece depender de la propia sociedad civil y de la forma en que esta reaccione ante los errores y las incapacidades gubernamentales. López Obrador parece disponer todavía de una reserva amplia de credibilidad por parte de su clientela dura, acrítica y una parte de ella agresiva, pero más allá del 2020 parece muy difícil que no haya una resistencia importante y conflictos si no hay cambio por lo menos en tres áreas fundamentales: la seguridad pública, el manejo de la economía y el ejercicio absolutista, personal, del poder en torno a la figura presidencial.

La narrativa de un cuento puede poner en estado de ensoñación a los niños y a los adolescentes, pero no a una sociedad, y menos a una con las características de la mexicana: tierra de volcanes, donde el subsuelo arde y remueve sus entrañas violentísimamente con gran frecuencia.

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