Ruiz vs Joshua – Una pelea real y otra falsa

Ruiz vs Joshua – Una pelea real y otra falsa

Por: Eduardo Rodríguez

El boxeo ha sido tradicionalmente el deporte más rudo, más brutal, pues pone en riesgo la vida de los contendientes y, aunque no se llegue a tal extremo, puede provocarles serias lesiones. Pero también el boxeo ha sido el territorio de promotores, empresarios y hasta managers con un manejo mafioso de este deporte.

Con los años el boxeo se ha ido cotizando cada vez más y hoy se mueven fortunas en torno a una pelea de campeonato mundial. Entre más alto en el peso es la categoría, las bolsas económicas aumentan, hasta involucrar cantidades enormes en derechos de televisión, entradas a las arenas donde se da la pelea y casas de apuestas legales e ilegales.

No es nada extraño que los intereses del dinero muevan este negocio y lo condicionen, al grado de manipularlo y quitarle una buena parte de la autenticidad que puede tener, por la cual un combate se resuelva por la capacidad real de cada boxeador, en un boxeo real, sin amaños.

En lo que fue una especie de cuento de hadas o la repetición del cuento de la cenicienta, que se da de forma excepcional cada cierto tiempo en el mundo del boxeo, Andy Ruiz, un pugilista de peso pesado México-norteamericano, que tenía una carrera exitosa, con sólo una pelea perdida y más de treinta ganadas, pero alejado de las grandes bolsas y de combates estelares, venció al campeón mundial de tres diferentes asociaciones, Anthony Joshua, británico y campeón olímpico como amateur.

Cómo llegó Andy Ruiz a obtener la pelea con Joshua es algo digno de una película, pues el primer contacto con los promotores se da a través de la internet, cuando el rival programado para enfrentar a Joshua quedó incapacitado y la pelea ya estaba programada y convenida económicamente.

Andy Ruiz, quien posee una figura graciosa que no corresponde a un boxeador profesional: un gran sobrepeso para su estatura y una cara de niño risueño, parecía un combatiente de “relleno” para que el campeón cumpliera con una pelea de compromiso.

En parte por el descuido de Joshua, quien en apariencia no hizo el entrenamiento debido y además no se tomó ni la molestia de estudiar a su rival, que era considerado como un rival de baja categoría, sufrió la primera derrota de su carrera profesional, pero no sólo la perdió sino que recibió una paliza, que terminó en nocaut técnico después de ser enviado hasta en cuatro ocasiones a la lona.

Aquello fue el acontecimiento boxístico del año y la primera vez que un mexicano lograba convertirse en campeón del mundo en el peso pesado, además por tres asociaciones, lo que era histórico y repetía la muy inusual historia de la cenicienta.

Por esa pelea Andy Ruiz recibió sólo 7 millones de dólares, que es poco tratándose de una pelea por el tricampeonato del peso pesado, pero una fortuna para un peleador como él, quien de inmediato se dio a la fiesta y al despilfarro, comprando una mansión, autos y joyas extravagantes.

Ya de suyo el personaje es un muchacho de carácter alegre, dado a la fiesta, la comida y las cervezas corona. Transmite la impresión de estar siempre feliz y pasándola bastante bien.

UNA PELEA DE MENTIRAS

Hasta aquí todo parecía una fantástica historia, que provocó una gran expectación por el espectáculo que prometía la revancha.

Luego de negociarlo, Andy Ruiz consiguió una bolsa de 13 millones de dólares para su segunda pelea, lo que era para él otra segunda fortuna, además de su entrada a la cartelera grande del boxeo a nivel mundial. Anthony Joshua, por el contrato que ya tenía firmado, recibía 60 millones de dólares, esa sí una verdadera fortuna.

Andy Ruiz no había ganado su primera pelea sólo por el descuido del campeón, sino también por su inusual velocidad de puños para un físico rollizo y el poder de su pegada. No es sólo una figura graciosa, regordeta, sino un boxeador profesional ya curtido por más de 30 peleas profesionales.

Se esperaba que la revancha fuera todo un espectáculo, al grado que los extravagantes jaques petroleros de Arabia Saudita compraron los derechos de organización, para hacerla parte de un gran evento internacional.

Ruiz estaba obligado a dar la pelea de su vida, lo mismo que Anthony Joshua, para quien estaba de por medio la recuperación de su campeonato y de su prestigio profesional, barrido por la paliza que le propinaran en la primera pelea.

Lo que vino enseguida fue totalmente decepcionante; vergonzoso para el boxeo e inclusive para el espectáculo.

Andy Ruiz llegó a la ceremonia de pesaje con ¡siete kilogramos más que en la primera pelea!, mientras que Joshua se presentó con menor peso y un físico perfectamente trabajado.

De inmediato el legendario ex campeón mundial George Foreman declaró que aquello iba a ser un desastre para el mexicano, que iba a terminar noqueado.

Lo que sucedió en la revancha fue todavía más decepcionante. Los organizadores utilizaron el ring más grande que permite el reglamento, para que Joshua hiciera la pelea que había planeado: pegar y correr, aprovechando su enorme alcance de puños, su estatura de casi dos metros y, se esperaba, el poder de sus puños, que le habían dado fama de noqueador.

La pelea, que recabó una fortuna a nivel mundial, fue una de las peleas de campeonato mundial más aburridas y “arregladas” de que se tenga memoria.

Durante doce rounds Joshua se dedico a correr kilómetros sobre la lona, lanzar en cada episodio tres o cuatro jabs, de vez en cuando algún recto, mientras que Andy Ruiz permanecía casi parado, en espera de que su rival se aproximara, pues no tenía ni la condición física ni la disposición de ir por él y entrar en el intercambio de golpes en la distancia corta, que es lo que había hecho en la primera ocasión.

Sucedió lo mismo por doce rounds que se volvieron larguísimos, tediosos.

Cuando este mal espectáculo terminó, el mexicano declaró a los medios que se había dedicado, por todo el periodo de supuesta preparación, a la fiesta, a comer todo lo que tenia enfrente y a las cervezas corona.

¿Una enorme irresponsabilidad y falta de profesionalismo? Muy dudosamente. La pelea era demasiado importante para convertirla en un juego, pues los 13 millones que iba a recibir eran una miseria comparado a lo que podría ganar si le volvía a ganar al campeón o daba una gran pelea, para abrir la posibilidad de un tercer combate y entrar a la cartelera grande del boxeo mundial.

Sólo se requiere algo de suspicacia para interpretar que se trataba de una derrota previamente arreglada, donde se daba fin al sueño de la cenicienta, para darle la vuelta a la página del espectáculo e ir a lo que sigue.

Tan obvio fue el arreglo que Andy Ruiz no terminó esa pelea vapuleado, mucho menos en la lona, sino casi intacto, salvo por una cortada en una de las cejas que se dio de forma casual. Imperdonablemente no hubo tan siquiera espectáculo, mucho menos boxeo.

El acontecimiento desviste de manera bastante vergonzosa al enorme negocio del boxeo profesional y le quita más credibilidad a quienes gustan de este deporte, que tiene un enorme arraigo en México.

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