¿Le dejarías las llaves de tu casa a Jorge Zermeño?

¿Le dejarías las llaves de tu casa a Jorge Zermeño?

Por: Marcela Valles

Los encargados de la imagen de Jorge Zermeño Infante están realizando una encuesta telefónica entre la ciudadanía, para medir la confianza que tenemos en nuestro alcalde.

Por medio de una grabación que entra automáticamente al teléfono fijo, se realizan cinco preguntas, pero la que me llama de modo muy especial la atención y me causa gracia es una de ellas: “En caso de salir de viaje, ¿le dejaría las llaves de su casa al señor Jorge Zermeño?”

La respuesta de las dos personas que me han confirmado haber respondido la pregunta contestaron en automático ¡No, por supuesto que no!

¿Tú le dejarías a Jorge Zermeño las llaves de tu casa en el próximo viaje que hagas a Mazatlán o a cualquier destino?

Yo no, porque no lo conozco. Mi oficio me ha enseñado que si es difícil conocer a una persona ordinaria, conocer a un político, que vive de cuidar su imagen, es mucho más complicado.

Qué tal si detrás de esa cara de yo no fui el señor sale mañoso y organiza en mi ausencia un mitote que pone mi casa patas arriba, como la dejó Tom Cruise en Risky Business, y se pone a bailar en calzones con todos sus cuates. Uno nunca sabe lo que puede hacer un septuagenario con esa cara de agruras.

¿Y si él y sus cuates se ponen a revisar mi cajón de calzones e intimidades para divertirse? Eso sería muy penoso para mí, así que pensándolo bien mejor no le dejo las llaves de mi casa en caso de que me vaya de viaje, pues la verdad ni a mi suegra se las dejo.

Además, no se las puedo dejar porque mi perro tampoco lo conoce y por lo menos le echaría a perder un par de pantalones, en el mejor de los casos.

EL ANCIANO RESPETABLE

Curiosamente hace algunas semana, un sábado alrededor de las nueve y media de la mañana, para ser más precisos, acudí como todos los días a una tienda Oxxo, que está ubicada sobre el Paseo del Tecnológico, esquina con la calle Paseo de las Estrellas y, para mi sorpresa, ahí estaba Jorge Zermeño solo, vestido con ropa casual, comprándose un mandadito, cosas como leche, pan, queso; no cerveza, papitas o refrescos.

Me entretuve observándolo discretamente mientras compraba y le ponían en cinco bolsas su discreto mandado.

Con voz muy baja le preguntó el monto a la muchacha de la caja, pagó en efectivo, sólo agradeció con una voz desganada y salió de la tienda.

De inmediato me asomé al exterior y lo vi subir solo a una camioneta blanca suv; una buena camioneta, no de gran lujo pero tampoco no sé si blindada. Echó la reversa y se fue sin que yo pudiera verificar si llevaba escoltas, pues una patrulla que estaba parada enfrente ahí se quedó y tampoco supe si venía con él o no.

Cuando la pregunté a la cajera si lo había reconocido me dijo que no; que no sabía quién era el señor, pero otro empleado, un hombre ya mayor y calvo, dijo que era Jorge Zermeño y que nunca antes lo había visto por la tienda.

Compré el periódico y el café de todos los días y me quedé con curiosidad y fantasías con las que me puse a jugar.

¿Qué hace el presidente municipal solo, a las nueve y media de la mañana en sábado comprándose un mandadito? ¿Se va por ahí de fin de semana? Algo muy posible y común. ¿Pero solo? No parece muy ordinario.

¿Por qué comprarse un mandadito como para un fin semana en una tienda muy discreta que no está en su colonia; en una avenida que se usa para salir de la ciudad? Tal vez tiene por ahí una casa de campo o se va de fin de semana a Parras. Muy posible, ¿pero solo?

¿No será un simple acto publicitario que le recomendaron sus asesores de imagen? No checa; en todo caso hubiera ido a una Soriana o al HEB donde hay mucha gente que lo puede ver. Descartado.

¿Qué vida llevará en lo privado este hombre que tiene un rostro que transpira insatisfacción, observado vis a vis, en corto y sin ninguna pose?

Sé, de buenas fuentes, que es rico, pero lo disimula bastante bien y vive frugalmente, porque tiene que cuidar su imagen pública de un político diferente a los demás, es decir que debe convencer que no es corrupto y es un anciano respetable.

Yo lo que veo es a un hombre que efectivamente ya se hizo viejo, con un dejo de un gran aburrimiento, que transmite infelicidad en su expresión, en su voz sin modulaciones y tonos opacos, que puede ser algo necio e intransigente. No hay vivacidad, hay muy poco carisma para dedicarse a lo que se dedica y no genera sinergia.

Eso es lo que yo vi, después de observarlo relajadamente un sábado a las nueve y media de la mañana, bien dormida, bien bañada y en la hora del día en que mi mente está bien despejada.

Yo, honestamente, no le dejaría las llaves ¿Y sabe por qué? No por desconfianza a las cosas materiales que hay dentro de mi casa, sino porque me da la convicción que le daría una gran flojera darse una vuelta para ver cómo están las cosas y como está mi perro. Iba a utilizar la expresión “una gran fiaca”, pero no sé si sea correcto, tal vez sí.

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