Editorial junio 2019

Fanatismo y democracia

Ya Aristóteles afirmaba que la democracia era el menos peor de los regímenes políticos, pero tenía como principal riesgo el de la demagogia y como principal requisito un pueblo educado en la libertad.

Después de la primera mitad del siglo XX muchos politólogos comenzaron a hacer fuertes señalamientos sobre los riesgos de la democracia y a denunciar los riesgos que esta implicaba, cuando los partidos y movimientos políticos caían en manos de demagogos y populistas, tanto en los países más ricos y educados como en los países pobres y con baja educación.

Después de Adolfo Hitler, quien llegó al poder por medio del voto popular y en buena medida gracias a sus grandes dotes de demagogo, el mundo occidental se tomó al régimen democrático con sus debidas reservas, pero el avance mundial de la democracia como régimen político se expandió con gran entusiasmo.

Para los países subdesarrollados el camino hacia la democracia ha sido sinuoso, difícil con mucha frecuencia y en otros casos fallido.

En México vivimos por 70 años un régimen pseudodemocrático, que impregnó la cultura política del país de manera profunda.

La transición hacia una democracia madura ha sido un proceso difícil, pues aun cuando se dieron las condiciones de libertad, los niveles de educación del mexicano promedio siguen siendo bajos, lo que propicia el tener una población de ciudadanos en edad de votar muy grande, pero casi la mitad de ella no tiene ni tan siquiera el interés por ejercer su voto.

La parte de quienes sí ejercen su voto tiene un alto componente de ciudadanos que, por décadas, vivieron vicios políticos, por los cuales no desarrollaron un pensamiento crítico y una conciencia informada para ejercer su voto, sino la penosa subcultura de la dádiva.

Para decidir en política se requiere de un cierto nivel de educación y otro tanto de información, pero en su lugar con frecuencia se desarrolla más un comportamiento moldeado por el espectáculo televisivo y una red de medios de comunicación que distan mucho de apegarse a un ejercicio periodístico imparcial y crítico, que ayude a que el ciudadano no sea presa de la demagogia y la publicidad, que le convierten en un fanático irreflexivo, manipulado por algún líder con encantos de comunicador y en su sujeto agresivo, que no sabe escuchar, mucho menos dialogar y convivir de manera tolerante con quienes no piensan como él.

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