Vivir con Sor Juana

Por: Lucila Navarrete Turrent
Doctora en Estudios Latinoamericanos
Universidad Nacional Autónoma de México
Periodista e investigadora torreonense

Una conversación con el escritor y maestro lagunero Saúl Rosales Carrillo a propósito de su más reciente libro Sor Juana. La Americana Fénix (UAdeC, 2018)

Presentar a Saúl Rosales Carrillo (Torreón, 1940) parecería una obviedad. Sobran razones para decir que ha sido uno de los intelectuales más importantes que ha dado esta región. Miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, escritor de cuantiosos títulos de ensayo, teatro, cuento y poesía, Saúl además ha formado lectores y a varias generaciones de escritores desde la década de los ochenta hasta fechas recientes, algunos de los cuales han logrado reconocimiento nacional e internacional. ¿Qué sería de La Laguna sin su inteligencia, sin su magisterio y compañía?

En entrevista para Revista de Coahuila, conversamos sobre su devoción por Sor Juana, escritora cumbre del Siglo de Oro, a quien le ha dedicado varios años de investigación, escritura y divulgación. Hablamos, asimismo, sobre su iniciación en la lectura, su gran amor por la cultura y los “trabajos y días”, como diría Hesíodo, de la mano de su amada, la también llamada villanciquera.

¿Cómo nació en ti el interés por la lectura y la cultura?

Por la lectura fueron varios momentos: el contacto con la revista Selecciones; estar en un trabajo en el que tenía relación con textos; el hecho de que una maestra en la primaria elogió una composición que yo había hecho; mi aislamiento dentro de mi propia familia, que me facilitó acercarme especialmente a un libro que se llamaba América es mi patria. Este conjunto de elementos me acercaron al oficio de lector. A través de la lectura se llega necesariamente a la cultura, entendida ésta como el desarrollo de “cultivar”, lo que se produce mejor, lo que se cultiva mejor. Y lo mejor cultivado da un producto mejor. A través de la lectura me fue interesando el arte. Yo me fui de Torreón siendo un obrero con su mente empequeñecida por la vida proletaria, aunque con ciertas luces porque mi trabajo tenía mucho de intelectual: era linotipista. Era mínimo mi desarrollo, pero cuando llegué a la Ciudad de México me acerqué a la Casa del Lago y por primera vez vi una representaciòn de Lope de Vega, de tal gusto y calidad, que sin haber yo contemplado nunca una obra de teatro me quedé fascinado con el fenómeno teatral. Despertar a este hecho me llevó a la lectura de textos teatrales. Entonces cuando yo vi la representación de la Moza de cántaro, me puse a leer la obra y seguí leyendo a Lope de Vega. Junto a la Casa del Lago estaba el Museo de Arte Moderno. Fue así que me acerqué a la pintura y se me fue ampliando el mundo cultural. Para estas, yo entré a trabajar en la Librería de Cristal y después en el Periódico El Día, y por mi inclinación me dieron las fuentes de la UNAM. Por la UNAM yo veía a Rosarios Castellanos, quien era la jefa de prensa en ese tiempo. En la Universidad me estaba yendo a un emporio cultural. Aunque yo no quisiera, tenía que hacer notas de lo que sucedía en Ciudad Universitaria: tenía que hacer toda clase de notas, pero especialmente hacía sobre los cineclubes, de las obras en preparación o puestas en escena, de las conferencias, de los cursos en las facultades y las conferencias de intelectuales brillantes que venían de otras partes del mundo. Entonces esto me hizo ser un receptor de cultura y, con el tiempo, productor.

¿Cuándo comenzó el proyecto de Sor Juana?

Ya sabemos que Sor Juana fue la culminación del teatro de Siglo de Oro, no solamente porque ella sea el último autor grande, sino por su calidad que trasciende siglos. Me acercó la manera en la que podía captar la que era mi lengua ordinaria en un canto especialísimo. Para esto yo ya leía a Neruda y a Paz. Entrar en contacto con el teatro del Siglo de Oro me hizo acercarme a la obra de Sor Juana en una edición muy rústica, la de Porrúa en papel revolución; muy barata, pero eran las Obras Completas. De esa manera entré en contacto más estrecho con Sor Juana. Me empecé a enamorar en términos literarios de Sor Juana, y a tratar de entenderla en términos de la riqueza metafórica. Es tan exuberante su metaforización; como estar en la selva: ve uno mucho, pero al mismo tiempo no ve nada. Entonces tuve que imponerme la disciplina de hurgar, de ir hacia su obra como un campesino: con mi palita para escarbar los versos y la prosa de Sor Juana, y acercarme a la apariencia dificultosa. Entre más hurgaba, más maravillado me sentía. Es una experiencia increíble adentrarse en los recovecos de los retorcimientos de la prosa de esta escritora. Estoy ahora hablando de los efectos que su obra hace en mí, pero también está lo otro: su actitud humana; no definitivamente o bruscamente contestataria, pero sí una actitud contestataria en la sutileza que necesitaba serlo, dado su condición de religiosa, dado su condición de mujer y de vivir en un virreinato. Ella tuvo el gran valor, la gran audacia y arrojo para plantear cosas como la de que en ciertas circunstancias las mujeres debían tener las mismas oportunidades que los hombres.

Estás señalando dos cosas que a mí me interesaría que pudieras ampliar: en primer lugar, hablas del amor que le tienes a Sor Juana y que está contigo desde hace bastante tiempo; en segundo, de lo que, desde mi lectura de tu Sor Juana. La Americana Fénix, representa esencialmente “tu” mujer ideal. Hay una suerte de personalización del deseo frustrado de haberla conocido y, a cambio, la idolatras.

En gran medida me está pasando eso: vivo en esa circunstancia desde hace mucho tiempo. Mi convivencia cotidiana con Sor Juana es estar llevando a un nivel superior la idealización que uno puede hacer de la mujer, en el sentido de que, podemos pensar que todos los hombres podemos idealizar una mujer, como se idealiza a una actriz cinematográfica. Es paradójico porque habla de mi condición humana: la idealización le da satisfacción a mi vida, que es absolutamente consciente y absolutamente satisfactoria. No hay la posibilidad de que se materialice nunca esta mujer, pero se crea la materialización, en tanto estoy en constante convivencia con ella a través de su obra. Yo admito que hay un ignoto erotismo en mi relación intelectual con Sor Juana.

Yo aseguraría que hay una parte muy mística en esa relación que has decidido entablar. La mística entendida como experiencia de la presencia de la ausencia: una especie de comunión con un espíritu que se manifiesta sólo a través de la obra. Veo ahí una personalidad que contrasta con el Saúl comunista, rojo, militante; como si habitara en ti una dualidad que es, no obstante, sana.

Sí, creo que en todos los seres humanos late la necesidad de expresarse de muchas maneras. Una de esas es darse, y una manera de darse es idolatrar. Es el éxito de las religiones: el impulso que tenemos de darnos espiritualmente. Hay muchos planos en los que eso se puede dar. Yo lo he encontrado idolatrando a Sor Juana: por su figura intelectual, pero también por su condición de mujer. Es una mujer idealizada, pero que concretó a un tipo de mujer, que es la que merece ser idolatrada. Por eso tengo el impulso de estar en constante contacto con ella, de manera que me olvido de todo. He dejado tanto por ella. Hay mucho misticismo, ciertamente y usaste muy bien las palabras.

Hay un posicionamiento en el acto de escribir sobre Sor Juana en y desde el desierto. La Laguna de pronto puede ser un páramo, y en tu actitud diaria veo una voluntad de resistencia que se refleja en este libro y en el que viene -según me contaste-, y en tu columna “Dichos de Sor Juana”.

Más bien que uno busca aquello que le dé mayor sentido a su vida. Puede uno encontrar muchas cuestiones que le den sentido a su vida, de muy diverso tipo. Pero yo encuentro que en esta etapa de mi vida, en la que ya estoy en esta agonía recurrente o permanente, que es la tercera edad, encuentro que esto es lo que le da sentido a mi vida: la convivencia con Sor Juana. Ese amor florece en mí, me da estímulos suficientes y me hace feliz, aunque sea cierto ese dicho de “lanzar la voz al desierto”, pero no importa. Siempre habrá alguien que tenga receptividad para esto y si no, pues finalmente no importa. Yo tengo una gran compensación anímica, psicológica, gracias a la relectura constante de Sor Juana, y al estar diciéndole a la computadora y quizás a alguna parte de la realidad, que vale la pena estar en contacto con esta escritora. Sí se pretexta mucho las dificultades que presenta la prosa o la poesía tradicional, por ser todavía barroca, pero la gente se enfrenta a muchos otros problemas, que son mucho menos, infinitamente menos ricos de sustancia, mucho más carentes de esencias humanas, y emplean su esfuerzo en eso. Entonces por qué no emplear un poquito de esfuerzo en leer a Sor Juana. Creo que a través de lo que yo publico en libros o en el periódico, puedo conseguir que alguien diga que “si ese señor puede leer a Sor Juana, quiere decir que yo también puedo leerla”.

A propósito de tu columna “Dichos de Sor Juana”, me parece interesante el esfuerzo que haces por aterrizar y volver a esta escritora como si fuera parte de nuestra cotidianidad.

Sí quiero hacerla cotidiana, y ya desde el título “Dichos de Sor Juana” trato de hacerlo. La gente usa mucho los dichos. La literatura, toda toda, está llena de eso, porque es el fluir del pensamiento que ha hecho que la humanidad se transforme. Quiero hacerle pensar a la gente que Sor Juana “dijo esto” y quizás alguien piense: “ahora que me peleé con mi novio, pues cabe este dicho”, o “ahora que el patrón hizo tal cosa, queda este dicho”. Creo divulgar la obra en esas cápsulas pequeñísimas, que ojalá alguien las memorice.

¿Qué nos cuentas sobre el otro libro que viene sobre la villanciquera?

Será muy similar, en el sentido de que incluiré este tipo de ensayo de divulgación nada académica, aunque abordaré otros temas. Una sección será la de los “Dichos de Sor Juana”. Ella fue sumamente popular en su tiempo. Enclaustrada como estaba, el pueblo la seguía: buscaban escuchar y aprenderse sus villancicos. Tenía la habilidad para expresarse como la gente del pueblo, y tenía muchísimos dichos del pueblo, muchos giros verbales y estructuras lingüísticas del pueblo. Ella podía escribir como había que escribir para refutar un sermón de Antonio Vieira, pero también podía escribir como se expresaban en los pueblos indígenas. Tengo 140 dichos, así que será una sección muy amplia de dichos; se irá publicando uno cada semana. Recogeré textos que también haya publicado en Siglo Nuevo, que es donde he estado sacando todo lo de Sor Juana.

¿Algún otro proyecto que tengas en puerta, que no sea sobre La Americana Fénix?

Tengo un proyecto inmediato que no depende de mí, lastimosamente, que me demandaría, en gran medida, meterme de lleno. Incluso iba a dejar de lado a Sor Juana por él. Hubo aquí una reunión de ex militantes del MAR, Movimiento de Acción Revolucionaria, que actuó aquí en México en los años setenta y ochenta. Era un grupo armado que se enfrentó al gobierno, tratando de fomentar una revolución. Yo me siento muy identificado con estos militantes porque ellos luchaban cuando yo tenía una edad similar a la de ellos. Entonces yo decía; “estos compañeros, que están viviendo mi tiempo, andan dando su vida por un México mejor, por una humanidad nueva”. Por esa razón me siento en deuda con esta clase de movimientos. Hubo este encuentro hace mes y medio y platiqué con muchos de los ex militantes. Mi intención es hacer una crónica con muchas gráficas del encuentro y obviamente con evocaciones. Ese sería el siguiente proyecto en el que me metería y, por supuesto volveré, a Sor Juana. Pienso que hasta el fin de mi vida seguiré con Sor Juana.

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