Los buggies, un “deporte” antipático con el ecosistema y la tranquilidad

Los buggies, un “deporte” antipático con el ecosistema y la tranquilidad

Por: Álvaro González

En 1979 se lanzó la saga de las películas Mad Max, con el actor Mel Gibson, que entonces era un joven y hoy tiene 63 años con barbas blancas al estilo rabino, dedicado principalmente a la producción y la dirección cinematográfica.

En esta saga de películas se presenta un mundo desolador, desértico, que se supone post apocalíptico, donde no hay gasolina ni ley y los desolados territorios son dominados por bandas de dementes tipo punk, los cuales emplean unos vehículos tubulares sin carcasa, lo que les hace aparecer aún más rudos.

Nacen así los vehículos que hoy se denominan buggies o carros tubulares para arena y todo terreno, dando origen a una especie de deporte, que consiste en realizar recorridos en terrenos lo más inhóspitos posibles, aunque en nuestra región lo hacen en el desierto o en brechas que resulten rudas.

A diferencia de las películas de Mad Max, donde los personajes usan ropa tipo punk, ahora quienes manejan buggies van a la moda ataviados con ropa de licra, ordinariamente de color negro con vivos fosforescentes, un casco negro, lentes deportivos especiales y botas de aspecto muy rudo, además de guantes también negros y vistosos.

Es pues toda una parafernalia y de los modelos “hechizos” de los años ochenta se ha pasado a vehículos de diseño cada vez más caros y sofisticados, los cuales invariablemente hacen un ruido del demonio.

Cuando el más chico de mis hijos era todavía un púber, organizábamos paseos a muy diversos lugares de La Laguna cada fin de semana hasta conocer cada rincón de la región.

Un domingo, estando en las Dunas de Bilbao, Viesca, de pronto apareció un grupo grande de buggies, cuatrimotos y motocicletas tipo cross. En cosa de segundos lo que era un paseo que disfrutábamos algunas siete u ocho familias, se llenó de un ruido infernal, con autos y motocicletas invadiéndolo todo, tratando de hacer la mejor pirueta posible.

Por el insoportable ruido y la tracción sobre la arena, las pequeñas lagartijas, viborillas y algunos otros pocos animalitos que habitan las dunas comenzaron a salir y a correr.

Molestos, varios padres de familia fuimos a reclamarles a los ejidatarios que cobraban la entrada al lugar el por qué permitían eso, pero su única respuesta es que no estaba prohibido, ellos pagaban su entrada y además iban con cierta frecuencia.

Molestos, estábamos a punto de retirarnos cuando uno de los buggies cayó por la pendiente más alta de un montículo de arena y después de revotar varias veces terminó en el fondo, con los dos conductores heridos, lo que detuvo todo aquel circo para poder rescatarlos y llevarlos a recibir atención médica.

El accidente salvó el domingo de las familias, pero el daño que provocaban en las dunas era indignante.

Un poco tiempo después, en las inmediaciones de las dunas, hubo un accidente más trágico, al volcarse una cuatrimoto entre los matorrales y encajarse un tubo en la femoral del conductor, quien murió desangrado en el lugar.

Hoy, cuando voy los domingos sobre la carretera a Villa Juárez, Durango, nos sobrepasan grupos de buggies, cuatrimotos y motocicletas cross haciendo su tipo de ruido infernal y jugando a rebasarse unos a otros.

En ocasiones se detienen en Villa Juárez a tomar alguna cerveza a hacer una simple parada recreativa. Los conductores asemejan personajes de ficción que al parecer desean parecer lo más rudo posibles, como si esos ruidosos carros de tubos les convirtiera en hombres de acción, en unos “apantallantes” Mad Max con poder adquisitivo y agua limpia en su casa.

Siguen su trayecto atravesando pueblos y rancherías hasta el Cañón de Fernández, que es una reserva protegida, a donde metían todo su ruido y toda su contaminación, pero a partir de este año los responsables de la reserva, en lo que es una medida muy atinada, prohibieron la entrada a la zona del cañón a este tipo de vehículos.

Aun así cada ciertos domingos pasan las caravanas por la brecha de al lado, con su enorme escándalo, levantando una nube de polvo, con todos los perros nerviosos ladrando detrás de ellos.

Si se le compara con el ciclismo, que se practica bastante en esta zona, hay una diferencia enorme, incomparable. El ciclista sí practica un ejercicio intenso, no contamina en nada, es silencioso, ordenado; también se realiza en grupos que emplean una vestimenta de diseño bastante singular, pero considero que es un gran deporte, al cual se aficionan además hombres y mujeres, porque, según se puede apreciar, en el buggie las mujeres son algo así como compañía cortés, siempre en el asiento del copiloto.

Cada quien tiene la afición o entretenimiento que desea, pero según lo he podido observar desde hace bastantes años, esto de los buggies es algo agresivo contra la tranquilidad de las demás personas (lugareñas o paseantes) y sobre todo contra el medio ambiente, porque muchas veces se cree que el desierto no tiene vida y no tiene ecosistemas, pero no sólo lo tiene, sino que además es un ecosistema muy delicado que debe cuidarse bastante, mucho más si hablamos de una zona natural tan especial como lo es el Cañón de Fernández y sus alrededores.

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