Con tal de ser felices

Con tal de ser felices

Por José Ángel Cuéllar

María del Carmen y Javier: 38 años con su fábrica de caleidoscopios

Ni el mismísimo físico escocés David Brewster, inventor del caleidoscopio, en el año 1816, imaginó que en la ciudad de Torreón, Coahuila, iba a existir, dos siglos después, una discreta fábrica que con el transcurrir de los años llegaría a reproducir cerca de 300 mil piezas de su espectacular invento.

Necesario precisarlo: en esta fábrica de caleidoscopios no trabajan decenas de personas ni existe producción en serie alguna. No se contrata personal por temporada, ni se premia al empleado del mes que haya construido el caleidoscopio más original.

De hecho, en esta discreta fábrica que se localiza en el centro de Torreón, sólo trabajan dos personas, el señor Javier y su esposa, María del Carmen Mireles, de 76 y 65 años de edad, respectivamente. Ellos son los artesanos, los coordinadores de producción, los supervisores de calidad y los responsables de que la mercancía sea ofrecida a los potenciales clientes, en tiempo y forma.

La historia comenzó hace 38 años, en la década de 1980, cuando esta pareja decidió fabricar los primeros caleidoscopios, como una manera de entretenerse en sus ratos libres, y de eliminar el estrés acumulado durante el día.

“Cuando yo era niña, mi papá iba a trabajar fuera de la ciudad; como a los siete años me compró un caleidoscopio, pero después lo perdí, ya no lo recuperé. Pero digamos que ya conocía los caleidoscopios y sabía de qué se trataba el tema”, explica la señora María del Carmen, al momento en que fabrica una nueva pieza.

“Cuando empezamos a fabricarlos, fui con un vidriero y le dije: oiga, quiero hacer un caleidoscopio, córteme este vidrio, por favor, con estas medidas, y resulta que lo cortó más grande de lo que le pedí, y tuve que cortarlo en mi casa, a la medida exacta”, agrega don Javier.

Caleidoscopio, del griego kalós, bella, éidos, imagen y scopéo, observar, es un instrumento que sirve precisamente para observar imágenes bellas, en una sucesión que jamás se repetirá ni en color ni forma.

Un caleidoscopio es básicamente una superficie llena de pedazos de vidrio u otros objetos de colores, dentro de un cuerpo cuyo interior espejado refleja hacia todos los lados lo que está exactamente en medio del mismo.

De esta manera, se crea una vista homogénea y reproducida varias veces del bello caos formado en el interior del caleidoscopio. Pueden estar formados por dos o más espejos. Las diferentes cantidades de espejos crean diferentes efectos en los mismos. Con dos espejos se crean los efectos más simples y homogéneos, sin embargo, con tres o más espejos se puede conseguir un arte más bonito y especial.

Las manos de la veterana pareja, que no está de más decirlo, suma 47 años de exitoso matrimonio, están acostumbradas a manipular la materia prima que utilizan para la elaboración de las artesanales piezas: desde los tubos de cartón, los cristales rectangulares que son colocados en el interior, y la pedacería de colores que se obtiene de botellas de vino o de perfumes, y que es depositada en una base circular, para que ahí se genere la magia, la ilusión óptica.

Don Javier y su esposa María del Carmen me reciben una mañana de agosto, entre semana.

El ambiente en las calles de la ciudad se torna tranquilo, es miércoles, día laboral, caluroso.

Me aproximo a la puerta de madera con tela mosquitero en la parte de arriba. Toco. Una mano recorre la cortina que defiende la intimidad de la pareja, y los descubro sentados frente a una pequeña mesa de madera que hace las veces de fábrica.

En este espacio en el que ahora hay caleidoscopios sin terminar, han pasado gran parte de su vida. Particularmente en esta pieza tapizada de recuerdos: fotos, diplomas y notas periodísticas en las que en más de una ocasión han sido reconocidos por sus talentos. Y es que además de artesanos, ambos son maestros de baile de salón, dominadores de géneros como el danzón y el chachachá, música que a diario escuchan y cuyas melodías son reproducidas por un pequeño radio que fondeará la plática con los distinguidos entrevistados.

Don Javier se siente orgulloso de su arte y de su amor por el baile, pero también porque en varias ocasiones sus clientes lo han elogiado por mantenerse fuerte y sano como un roble de profundas raíces.

“El otro día me encontré a una señora que atiende una panadería, y me dice, ¿se acuerda de mí?, seguramente no pero déjeme le digo que hace mucho tiempo mis papás me compraron un caleidoscopio con usted. El caso es que yo cada día me pongo más vieja, y usted, mire, sigue igualito que aquella vez”, sonríe el entrevistado al contar la anécdota.

Todas las mañanas, Don Javier sale de casa con la encomienda de vender diez “tubitos” o “cinitos”, como también llaman algunos laguneros a los caleidoscopios.

“Recorro el centro unas horas nada más y siempre termino los (caleidoscopios) que llevo en la bolsa. Los ofrezco a 20 pesos, y lo que junto me sirve para comprar lo que se necesita durante el día”.

“Nos olvidamos de vivir, de disfrutar otras actividades. Llevan mucha prisa; andan buscando tener hasta lo que no pueden, con tal de ser felices, o al menos es lo que piensan.”

Este hombre pelirrojo de gorra y camisas floreadas, también camina por las principales calles del centro de la ciudad, en busca de oídos para hablarles de ciencia. Es otro de sus propósitos: contarle a los de a pie que él no ofrece cualquier producto, sino “uno de los primeros inventos de la historia, que sirvió como base para que fueran creados muchos más”. De todo ello, el veterano siente orgullo, mucho.

“Esto es de física; es un instrumento que sirve para relajar la mente, porque las figuras no existen y sin embargo tú puedes ver muchas, millones, y jamás terminas”, explica Don Javier.

“No es un juguete, es un instrumento que mejora tu salud. Yo luego de terminar de fabricarlos me siento más feliz, y más contenta voy a preparar la comida”, agrega la señora Carmelita, como le dice de cariño, su esposo.

 

HEMOS FABRICADO 300 MIL, APROXIMADAMENTE

Imaginar una producción de 300 mil caleidoscopios en 38 años, no es fácil (casi 8 mil, por año, ó 21 caleidoscopios por día), pero según los cálculos de Don Javier, ésta es la cantidad de piezas que sus de manos y las de su esposa han elaborado a lo largo de casi cuatro décadas. Y es que a la producción diaria que puede ser variable en número y modelo, hay que sumarle los pedidos extraordinarios que son entregados por la pareja, a personas que vienen de otras ciudades exclusivamente por mercancía, más los pedidos que hacen tiendas de la región, y coleccionistas.

Con sencillez, como el celular austero que utilizan para comunicarse con sus hijos y demás familiares, la pareja acotó que 300 mil caleidoscopios representan para ellos un gran logro, porque a su manera han promovido la ciencia entre los comarcanos, y de paso han contribuido para combatir el estrés que tanto afecta a la población.

“La vida nos trae a la carrera; el estrés es la principal causa de muchas enfermedades y pues se tiene que combatir, se tiene que hacer algo para contrarrestarlo”, comenta la entrevistada.

Don Javier agrega: “Estamos muy centrados en problemas, desafortunadamente en lo que nos hace daño, y muy seguido nos olvidamos de vivir, de disfrutar otras actividades. Yo todos los días veo a la gente que anda corriendo como loca, de aquí para allá, en sus carros pite y pite porque llevan mucha prisa; andan buscando tener hasta lo que no pueden, con tal de ser felices, o al menos es lo que piensan ellos”, filosofa Don Javier y termina.

Con la promesa de volver a su cálido hogar para aprender más sobre ciencia, me despido de dos grandes seres humanos que se quedan en su taller, en su fábrica, en su mundo, un mundo donde el arte se respira, se vive y se palpa.

Me marcho de la vecindad donde vive la pareja, con la siguiente reflexión en la mente. Es cierto, su amor por el baile de salón, y por esta actividad manual tan ligada a la ciencia, los mantiene, a los dos, no sólo a Don Javier, fuertes, tan fuertes como un roble, como las profundas raíces de un árbol que a lo largo de su vida ha dado muchos frutos.

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