Entregar el país a un hombre

Editorial diciembre 2018

Somos una república, nuestro nombre oficial es el de Estados Unidos Mexicanos, lo que deja bien en claro que hay una federación de estados que adoptan un modelo democrático, compuesto por tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, los cuales deben ser autónomos y se rigen por una constitución única.

Por casi todo el siglo pasado fuimos una simulación de república y asumimos lo que algunos politólogos llamaban la presidencia imperial y otros intelectuales nos calificaron como la dictadura perfecta, en lo que provocó un gran enojo del viejo régimen.

Con muchos trabajos y afanes, a partir de este siglo comenzamos a ser realmente una república, con muchas deficiencias pero finalmente estábamos avanzando en el camino políticamente correcto, aunque aquejados por la corrupción como el principal de nuestros males, agregado a un grave problema de distribución de la riqueza.

La alternancia comenzó a darse al desplazar al viejo partido hegemónico por un partido opositor de centro-derecha y de ahí a un partido que se supone es de izquierda o de centro-izquierda, no está claro, pero lo que ha resultado ha sido el llevar a la presidencia a un caudillo popular, o populista si se le desea llamar así, que amenaza con trastocar nuevamente el equilibrio de la república y, todavía más allá, el orden constitucional que soporta el modelo democrático.

Andrés Manuel López Obrador no fue electo como un soberano, sino como un mandatario que encabeza el poder ejecutivo, pero él se comporta como soberano absoluto que puede decidir el destino histórico del país, que controla, sin el más mínimo cuidado de las apariencias, al poder legislativo y ha comenzado a modificar la constitución como le place o sencillamente a pasar por encima de ella.

En su primer presupuesto no ha mostrado respeto alguno por el pacto federal; está operando desde una visión centralista a ultranza y ha lanzado una militarización de todas las fuerzas de seguridad del país, bajo su mando directo, al mismo tiempo que ha orientado el gasto federal, que es soportado por toda la federación de estados, hacia el asistencialismo, lo cual puede ser la antesala de un gobierno populista, soportado por la compra de los sectores más pobres o desprotegidos el país, desdeñando un modelo económico realmente productivo y generador de riqueza a través de la inversión y la generación de empleos.

El 2 de julio no se entregó el país a un hombre, sólo se eligió a un nuevo mandatario para ocupar el poder ejecutivo por seis años, sin delirios mesiánicos y fantasías históricas fincadas en el siglo XIX y no en el XXI.

Como consecuencia de estos delirios soberanos no pasa día sin que se cometa un error, una “equivocación” o un proyecto al estilo faraónico, sin sustento alguno, porque todo sale de su pecho soberano.

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