Temores cumplidos

Editorial noviembre 2018

Es algo consumado que Andrés Manuel López Obrador ganó la elección presidencial con un 52% de la votación emitida, que equivale a 30 millones de electores, en números cerrados; al 30% de padrón electoral, también en números cerrados.

28 millones votaron en su contra por no estar de acuerdo ni con su persona ni con su idiosincrasia, mientras que otros 30 millones no votaron por nadie, de los cuales la mayoría no estaba convencida de que alguno de los candidatos fuera el adecuado.

Los temores sobre Andrés Manuel López Obrador eran muy puntuales y viejos: populismo, autoritarismo disfrazado del mismo populismo, no aceptación de las instituciones y el estado de derecho, un rechazo abierto a muchas formas de la economía moderna y de los procesos de globalización, su tendencia a las contradicciones y la ausencia de un proyecto de gobierno consistente.

Frente a un Enrique Peña Nieto temeroso, indigno en el cierre de su gobierno y hasta amparado judicialmente, AMLO ha asumido el poder de facto desde el día siguiente de la elección, por lo que al 1ro de diciembre, cuando estará tomando posesión, ya llevará cinco meses de ejercicio del poder.

Durante estos cinco meses la mayor parte de los temores que se tenían sobre su persona y gobierno ya están sobre la mesa, son un hecho a través de toma de decisiones desastrosas, pronunciamientos, prácticas populistas donde se burla de la ley para imponer su voluntad vistiéndola de la decisión del pueblo. Ha abierto una confrontación delicada con los medios empresariales, que ha sacudido los mercados, los que ya de por sí sufren un escenario internacional muy complejo.

No ha faltado nada, incluida una tendencia de intolerancia hacia la libertad de expresión, protagonizada por él y por Beatriz Gutiérrez Müller, que asoma como una figura protagónica que podría estarle agregando tensión al ambiente ya de por sí tenso que se está creando, donde se da lo que también se temía: la polarización de la sociedad mexicana.

Hay improvisación en la toma de decisiones estratégicas; premura innecesaria en asuntos muy delicados y lo que más preocupa: una mezcla de soberbia con ignorancia, lo que es muy probablemente la peor combinación posible para el ejercicio del poder, si además se le viste de mesianismo populista.

Muchos, con razón, se esfuerzan por tratar de negociar, de dar una visión conciliadora y de sembrar la esperanza en torno al nuevo presidente, evitando la crítica directa y el desgaste por las malas decisiones, conscientes de que un gobierno populista y autoritario, además de la vuelta del estatismo improductivo son un desastre para el país, pero la mesa está servida, esperemos que haya cambios y recapacitaciones por el bien de México.

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