LA BUENA PINTURA ES PARA RICOS: RAÚL ESPARZA, MURALISTA LAGUNERO

LA BUENA PINTURA ES PARA RICOS: RAÚL ESPARZA, MURALISTA LAGUNERO

Entrevista en 1988 al maestro Raúl Esparza, muralista lagunero.
Por: Álvaro González
Hace justo 30 años, en 1988, un grupo de personas hicimos un viaje a la ciudad de Fresno, California, con motivo de eso que se denomina como “ciudades hermanas”.

En principio no le encontraba mayor sentido a ese intercambio, o como se llamara, el cual no sé cómo nació, no sé si siga existiendo y tampoco sé si alguna vez fue de alguna utilidad.

El caso es que el alcalde me pidió invitar a algunos periodistas, al director de un diario local y a Raúl Esparza Sánchez, pintor, grabador y muralista que era un artista con un buen reconocimiento en aquella época, a quien yo conocía únicamente de ocasión, en dos o tres exposiciones pictóricas.

Volamos a Los Ángeles en un vuelo comercial ordinario, pero, por alguna deficiencia de la agencia de viajes contratada, el tramo de Los Ángeles a la ciudad de Fresno lo realizamos en un avioncito de unas 20 plazas y turbohélice, que, ya en el vuelo, se bamboleaba de muy fea forma debido a los vientos fuertes que provenían del mar, lo que metía algo de miedo, así que ayudaba mucho el platicar y entretenerse. Por suerte me tocó tener a un lado a Raúl Esparza, quien hacía el viaje con su esposa.
Raúl Esparza, a quien todos llamaban “El Compadre”, era un hombre bajito, moreno, más bien delgado, de pelo blanco ya muy escaso y una barbilla de candado también blanca, tenía ya entonces 65 años de edad y había realizado la mayor parte de su recorrido profesional como artista. Yo justo estaba cumpliendo los 30 y tenía algunos años de haberme interesado por la pintura.

Excelente conversador y una persona franca, sin afectaciones y muy orgulloso de provenir de una familia modesta, de barrio popular y, después que conocí sus cuadros, deduzco que tuvo un contacto muy estrecho desde niño con la vida rural de la región. Todo el vuelo fue una entrevista no convenida que se dio de forma espontánea, pues yo cargaba en mi maleta de mano libretas, una pequeña grabadora y cámara.

AG: Oiga, don Raúl, ¿por qué la pintura puede ser tan cara?

RE: Dime compadre, hombre, no me digas don Raúl porque me voy a sentir viejillo, ya de por sí me dicen que me parezco al maestro Miyagui. Te voy a decir algo muy feo, la pintura buena es para ricos, no me gusta usar esa palabra pero si estás jodido, ¿cómo vas a comprar un cuadro que te lo venden en 10 o hasta en 15 mil pesos?

AG: Pero por qué la pintura es tan cara, por qué es para ricos.

RE: Mira, cuando comienzas a pintar, por lo menos ése es mi caso, lo que quieres es que alguien te compre un cuadrito para sacar los gastos del mes, pero entonces entra esa cosa que llaman el mercado, entran las galerías y entra la avaricia y ya se jodió la cosa para quien le gusta el arte pero no tiene dinero de sobra.

Si no tienes talento pues no hay problema porque lo más probable es que no vas a vender y te vas a dedicar a otra cosa para poder comer, pero si tienes talento y trabajas tarde que temprano te conocen, te abren espacio en las galerías, estás en exposiciones y tu obra comienza a subir de precio y se vuelve cada vez más cara.

AG: Pero observo que muchos pintores de tu generación manejan un discurso de izquierda, hasta comunista, sus temas se refieren a la cultura mexicana popular, pero sus cuadros están carísimos, por lo menos para alguien que no sea rico.

RE: Es donde te decía que entran las galerías y el mercado de la pintura. Una galería exhibe los cuadros a consignación, pero se lleva hasta el cuarenta por ciento del precio de venta, entonces van aumentando los precios todo lo que se puede, lo que aumenta sus ganancias; pero también entran los curadores, estos señores que no pintan pero dicen, en su opinión, quién pinta muy bien y quién no, a su criterio, y ellos influyen en lo que se publica en los periódicos y revistas.

AG: ¿Y entonces el pintor debe estar feliz si lo están cotizando, aunque le quiten el cuarenta por ciento?

RE: ¡Ahhh! ¿Pues tú qué crees, a quién no le gusta el dinero?, y más si vienes de jodido o de donde vengas. La avaricia es un pecado muy feo que además no se quita sino muerto, yo por eso mejor me dedico a la lujuria, risas.

AG: ¿Eres muy lujurioso?

RE: No, hombre, yo qué más quisiera, porque resulta que para eso se necesita también dinero, aunque en esto de la pintura no te va mal porque hay modelos y bueno; pues si te gusta, siempre hay el modo, pero para mí ese tiempo ya se fue, ya lo que quisiera es tiempo para hacer todo lo que traigo en la cabeza antes de que me caiga la parca.

AG: ¿Qué opción le queda a quienes no tienen dinero y sí un gusto por la pintura?

RE: Los museos y las galerías públicas, es lo que ha sido siempre la opción, pagar unos pesitos por ver la obra de los grandes maestros, la que vas a disfrutar unos minutos pero no la vas a poder tener en la sala de tu casa, como el rico, pero no sé, tal vez esto incluso sea mejor. Yo pienso que las grandes obras deberían estar siempre a la vista de un gran público. Como pintor yo te podría decir que es algo que todos los artistas prefieren a estar guardados en la casa de una sola familia, desgraciadamente en la laguna hay muy pocos espacios y, lo voy a decir, no hay ninguno importante (la entrevista se realizó en 1988, cabe la consideración).

EL APEGO A LA TIERRA Y A LAS COSTUMBRES
El avión se bambolea y da unos bajones repentinos, el piloto hace algunas bromas al respecto e invita a ver la puesta del sol sobre el horizonte, mientras la única azafata sigue en su tarea de repartir vasitos de refresco, algunos brandys y bolsitas de botana. El vasito de Raúl rebota y se voltea, la azafata se acerca y ayuda a limpiar con una pequeña franela. ¡Thank you so much! le dice Raúl, ella sonríe y le cambia el vasito.

Él conviene en que el avión se sacude, pero aprovecha para hacer una broma: si nos caemos, compadre, y me voy al cielo con esta güerota, te imaginas que felicidad, no me vaya a oír mi vieja, compadre, porque me manda el infierno y solo.

La entrevista prosigue entre este bamboleo y las primeras sombras de la tarde.

AG: ¿Cómo defines tu estilo como pintor?

RE: Yo soy hechizo, no académico; quería ir a San Carlos pero no se pudo, lo que no quiere decir que no me haya puesto a estudiar, pero si usamos términos así, técnicos, pues soy un pintor de la escuela mexicana, que se basa en la vida rural y urbana de la comarca, en sus colores, en su luz y en lo que me inspira. Soy figurativo, pero no hiperrealista, porque pues para eso está la fotografía. Fíjate que me gustan mucho algunos elementos de impresionismo, pero el abstracto, el surrealismo no se me dan y, bueno, creo que tengo derecho a decirlo, muchas cosas de eso que llaman el arte moderno no van con mi manera de entender la pintura.

AG: ¿Qué pintores te han influido?

RE: ¡Uf!, eso ni yo mismo lo sé así con precisión, pero gran parte de la escuela mexicana. Hay otros, te voy a decir uno, porque creo que era como yo, una gente de pueblo, de las costumbres de la gente, de los colores que tenía: Van Gogh, qué triste que se muriera tan chavo. Mis colores no son tan intensos como los suyos, yo soy como más melancólico, más como somos la gente de rancho en México, además más tranquilo y eso influye mucho en el trazo, él era sumamente intenso. Nosotros somos gentes del desierto, donde los colores son menos intensos y la luz es también distinta, te lo digo porque en mi trabajo entra mucho el paisaje.

AG: ¿Cómo es que incursionas en el mural?, porque la parte más importante de tu obra entiendo que son murales.

RE: Pues como muchas cosas en la vida, se presentan circunstancias, de pronto alguien te propone por qué no le presentas un proyecto para un mural y tú dices: me gusta la idea, pero luego piensas: ¿cómo abarco todo ese espacio, como lo resuelvo? Cuando pintas un cuadro es algo distinto, el tema, los elementos que puedes colocar en él, pero el mural es algo muy diferente y además es mucho trabajo y es mucho más costoso.

AG: En este momento es muy posible que seas el artista que más murales ha realizado en los últimos años, pero usas técnicas distintas.

RE: Fíjate que eso es algo que también se va dando curiosamente por las circunstancias. Si te piden un mural para un espacio interior, como es lo más común, pues haces la preparación del muro y después trabajas con pintura; así comencé, pero luego me pidieron algunos proyectos para espacios exteriores, para estar permanentemente a la intemperie y eso ya es otra cosa.

AG: ¿Cómo lo resuelves?

RE: Me pongo a trabajar en eso y llego a la idea del uso de la cerámica, que es una tradición en México, en espacios de diferentes tamaños. Es un trabajo del carajo, porque primero tienes que hacer el boceto, luego ya el dibujo en forma si te lo aprueban, después tienes que dividir todo el mural en cuadros, luego crear cada pieza en arcilla, después pintarla con una pintura que es especial para ello y luego hornear cada una de las piezas, después hacer el montaje. Muchísimo trabajo, que además no puedes cobrar tan caro como creo que en este caso deberías.

AG: Eso fue en murales como el de la iglesia de Torreón Jardín, pero me dices que ahora estás experimentando sólo con barro, con arcilla, sin color.

RE: El templo que dices es el del Inmaculado Corazón de María y es básicamente un paisaje de nuestra región, pero de ahí me surgió la idea de trabajar sólo con arcilla, con la de Matamoros, que es la mejor, esto te conecta como ninguna otra cosa a la tierra, a tu tierra.

AG: Técnicamente cómo lo defines.

RE: Aquí ya no hay pintura, sólo arcilla, la que tienes que seleccionar cuidadosamente, que sea toda de la misma calidad y de los colores que tú deseas, porque puede cambiar mucho de color de un lugar a otro. Estas trabajando al relieve, jugando con el volumen, es escultura en arcilla, sobre una superficie enorme; es muy difícil porque tienes que estar trabajando sobre arcilla fresca y después pasar al horneado, después al montaje y las piezas te deben quedar perfectamente ensambladas, aunque tienes oportunidad de hacer algunos retoques; si las piezas no están bien ensambladas, hay problemas.

AG: Debiste trabajar más que un ladrillero.

RE: Fue una friega, compadre, y yo ya estoy viejo, pero me gusta mucho, me emociono. Originalmente en el mural del Templo de la Encarnación no tenía contemplado intervenir las puertas, pero luego dices, no, tienen que quedar integradas y entonces me voy a poner a diseñar las puertas y hasta la reja que deben llevar; más trabajo, más problemas, pero me gustó mucho.

AG: ¿Has podido hacer dinero?, porque ya tienes muchos años pintando.

RE: ¡Uh, compadre, soy malo para cobrar! tengo para vivir pero hasta ahora que ya estoy viejo a veces me pongo a pensar en el dinero y creo que siempre me he dejado llevar más por el gusto de hacer mi trabajo que por los centavos. Con esto de los murales te llevas mucho tiempo, años, y es muy difícil cobrar todo el trabajo que realizas; si haces cuadros, duras menos tiempo en cada uno y lo puedes vender mejor. Mis primeros trabajos los regalaba, creo que con mi primer mural lo que yo quería era que me dieran chance de hacerlo, yo estaba chavo y lo que quería era pintar. Vamos a platicar aquí en Fresno sobre un mural que quieren que les haga; si se hace, pues ahora voy a cobrarlo mejor, porque además es en dólares y los gringos sí saben pagar.

UN TRISTE FINAL

Unos meses después nuevamente vi a Raúl; iba, como siempre, vestido con overol, pero en este caso venía empolvado, con un paliacate rojo anudado al cuello manchado de sudor.

Lo saludé y aunque iba con cierta prisa me comentó muy entusiasmado que finalmente había terminado el mural del Templo de la Encarnación.

RE: Compadre, fue mucha chamba, mira cómo ando, y así ando todo el día, pero muy contento. Estás invitado a la inauguración, vengo a ver un asuntillo rápido y me voy a seguirle.

Fui a la inauguración y, por eso de las circunstancias, nunca lo volví a ver. Unos años después traté de comprar un cuadro suyo que me gustó en la galería de la señora Martha Cabello, pero, también por esas cosas de las circunstancias, salí y cuando regresé ya se había vendido.

Un poco antes de que se cumplieran diez años de aquel viaje, Raúl cayó enfermo de gravedad y quedó muy delicado de salud. Su esposa, que era su única compañera y quien le cuidaba, inesperadamente falleció y Raúl se quedó en el peor de los mundos posibles: solo, enfermo, incapacitado y sin un solo peso.

Aquello fue algo muy triste, penoso. Algunas gentes del medio hacían colectas para ayudarlo, pero no era mucho lo que se podía reunir; nadie, con recursos económicos o dentro del medio gubernamental acudió en su ayuda, por lo menos no que haya trascendido.

Finalmente falleció en el año 2000 en la más completa pobreza, después de una muy larga y dolorosa enfermedad, una muerte que no parecía merecer un hombre de su calidad humana y de su talento.
Recuerdo que estando en aquel viaje en Fresno, California, surgió una charla de sobremesa sobre las cosas más felices que nos habían pasado en la vida y Raúl comentó que su recuerdo más feliz eran aquellos días en que de niño iba con sus pequeños amigos a nadar en los canales de riego, que entonces estaban dentro de la parte urbana de la ciudad. Lo segundo que le había hecho feliz, decía, era haberse dedicado a la pintura, contra todas las circunstancias familiares y económicas.

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